Por Elena Tames Cornish
En México, el debate sobre vivienda ha vuelto a centrarse en construir más. Y sí: un país con el rezago habitacional que tenemos necesita producir vivienda, generar suelo y ampliar el acceso para millones de personas. Pero pensar que la única respuesta está en los programas oficiales y las constructoras, sería simplificar demasiado una realidad mucho más compleja.
En 2021, el INEGI advirtió que el 58.1%* de las viviendas en México requiere construcción o ampliación de espacios. El dato es enorme, y más aún si lo comparamos con la meta de construir 1.8 millones de viviendas nuevas en el sexenio: significa que más de 13 millones de hogares están creciendo, con o sin programas públicos, con o sin financiamiento, con o sin acompañamiento de ningún tipo. Estamos, en realidad, en una etapa de consolidación del parque habitacional más que en una de expansión.
Y aquí está lo que el debate oficial casi nunca nombra: muchas de esas ampliaciones no son solo mejoras. Son viviendas nuevas. El cuarto de azotea que termina siendo el departamento del hijo recién casado. La planta baja adaptada que se convierte en vivienda independiente para la hija y sus hijos. El cuarto de renta que finalmente tiene baño propio, cocina y entrada separada. México lleva décadas produciendo vivienda nueva cuarto a cuarto, losa por losa, sin que ningún programa lo cuente ni ninguna política lo acompañe. Por eso no sorprende que el 62.8%** de las viviendas en México haya sido autoproducida por las propias familias. A veces porque no tienen otra opción. A veces porque una vivienda que crece con la familia —cuarto a cuarto, a su ritmo y a su medida— les sirve mejor que una caja de 42 metros cuadrados que nunca va a cambiar.
Esta producción “informal” también mueve la economía, y también construye ciudad. Desde 2006, Roberto Eibenschutz y Rino Torres*** documentaron que la inversión en producción social de vivienda representa alrededor del 1% del PIB de manera constante y sostenida —sin importar los ciclos económicos. Mientras la construcción formal sube y baja con el mercado, las familias que construyen solas no se detienen. El argumento de que construir vivienda nueva estimula la economía es válido, lo importante es reconocer el peso económico de los millones que construyen solos.
La pregunta real entonces no es si se construirán suficientes viviendas nuevas. La pregunta es si estamos preparados para acompañar el crecimiento que está ocurriendo en las que ya existen, para evitar que, al transformarse, se conviertan en parte del rezago cualitativo que también queremos reducir.
El problema no es que las familias transformen sus casas. El problema es que frecuentemente lo hacen sin información suficiente, acumulando decisiones que parecen pequeñas pero que con el tiempo generan consecuencias mucho más serias. La ampliación que tapa la única ventana. La escalera que condiciona todo el crecimiento futuro. La losa construida sin considerar el peso que vendrá después. El cuarto que resuelve una necesidad urgente pero arruina la ventilación del resto de la casa. La unión entre la construcción nueva y la antigua que termina fallando ante un sismo. Decisiones que terminan afectando la seguridad, la salud y la habitabilidad de esas viviendas durante décadas.
Por eso, el debate sobre vivienda no puede reducirse a cuántas casas nuevas se van a construir “oficialmente”. Tiene que incluir también cómo acompañar mejor el crecimiento que ocurre dentro de las que ya existen. No son fenómenos opuestos: son dos caras complementarias del mismo problema.
Los programas de mejoramiento no pueden seguir siendo marginales ni limitarse a entregar materiales o recursos económicos. Si las familias van a seguir ampliando sus casas —y todo indica que sí— necesitan alguien que les ayude a hacerlo bien: un diagnóstico básico, un criterio mínimo de seguridad, información suficiente para no hipotecar el futuro de su vivienda en una sola decisión mal tomada.
Así, la asistencia técnica, se vuelve la clave para que este crecimiento cotidiano, nos ayude a superar el rezago cualitativo y cuantitativo.
Porque mientras seguimos debatiendo cómo construir las casas nuevas que necesita México, más de 13 millones de familias ya están construyendo las suyas. Con o sin nosotros.
Fuentes :
* INEGI. Encuesta Nacional de Vivienda (ENVI) 2020. https://www.inegi.org.mx/contenidos/saladeprensa/boletines/2021/envi/ENVI2020.pdf
** INEGI. Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH) 2022. https://www.inegi.org.mx/programas/enigh/nc/2022/
***Eibenschutz, R. y Torres, R. (2006). La producción social de vivienda en México. Su importancia nacional y su impacto en la economía de los hogares pobres. UAM-Xochimilco / HIC-AL. https://hic-al.org/wp-content/uploads/2019/02/PSVen_M%C3%A9xico.pdf








