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El despojo del 8M

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Por Carmen Contreras*

La representación simbólica en las ciudades es un medio para hacer visibles los fenómenos sociales de desigualdad de género, -que si no fuera por las voces discordantes con el poder-, seguirían ocultos. Es el caso de la violencia sexual en los espacios laborales, los feminicidios, la brecha salarial y, de manera más reciente, la feminización del trabajo de cuidados. Nos ha costado mucho trabajo meter a la discusión pública estos temas con la seriedad debida para que sean objeto de políticas públicas.

Por eso hace falta marchar y tomar la calle. Es una necesidad para que una sociedad que acepta la normalización de los beneficios de unas cuantas personas volteen a ver que siguen como pendientes las demandas sociales elementales: vivir con dignidad y que la condición e identidad de “ser mujer” no sea un obstáculo.

Las marchas del 8M son reflejo de que no se están resolviendo los problemas, ni formando agendas de trabajo por la vía institucional. Muestran vacíos de poder público e incapacidades de implementación de las burocracias estatales que suelen dar por “atendido” un asunto a través de criterios que despojan a las personas de sus derechos con tratos prepotentes que van escalando, desde una minúscula oficina de gobierno, hasta cercar con vallas la plaza pública. Estas respuestas son antítesis de la ciudad como espacio abierto, incluyente y democrático. Una ciudad con murallas nos habla de la preferencia de un gobierno por las barreras debido a su fracaso como interlocutor.

No toda la sociedad está dispuesta a vernos marchar como un mal necesario.  No es el regocijo lo que nos lleva a exponernos en las calles y a que mañosamente el gobierno capitalino nos quiera confrontar con ese escudo humano llamado “Atenea” formado por otras mujeres que también padecen una violencia sistémica y patriarcal en la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la CDMX.

No todas las personas están dispuestas a ver y reconocer el daño que ocasionan en los hogares más pobres del país las medidas de austeridad y el recorte a los programas diseñados con perspectiva de género como lo son las Estancias Infantiles y las Escuelas de Tiempo Completo. O la inmovilidad de las autoridades frente a la pandemia que ha costado mayor desempleo en mujeres.

Algunos sectores de la sociedad quisieran solo ver “marchas alegres” de cantos, batucada y danza, sin que se toquen las paredes y monumentos que estarán ahí mientras mueren 8 mujeres al día asesinadas por sus parejas o conocidos. Es fácil ignorar o condenar desde “lo moral”. En cambio, es una hazaña entender que hay enojo en las mujeres jóvenes por ser maltratadas en trabajos precarios, o que son asaltadas y agredidas en el transporte público o que padecen un miedo permanente a ser secuestradas por el crimen organizado el cual parece tener carta abierta para jugar en donde sea su juego perverso de terror, incluso en un estadio de futbol. Es tan gran hazaña pensar en la causalidad de los problemas, que los discursos que pretenden vaciar de contenido el 8M se van por el aleccionamiento moral y las palabras emitidas en tono patriarcal: “no toquen los monumentos, sean respetuosas” (Sean dóciles).

Estos quiebres de la sociedad y sus instituciones no van a terminar en un corto plazo, probablemente hasta se agudicen. Las muestras de ello están, por un lado, en decisiones como terminar con las Escuelas de Tiempo Completo justo en el momento en que la propia “femocracia” del gobierno federal estaba tratando de crear un sistema nacional de cuidados. Como en una tragedia de Shakespeare, las puñaladas se dan entre pares y desde adentro de los grupos políticos que gobiernan. Los sabotajes a los escasos avances a favor de las mujeres vienen de las propias des-coordinaciones y des-encuentros. Son los errores propios de un gobierno que nació fragmentado, elegido en la desesperación por un cambio rápido y que ahora es incapaz de aceptar la diversidad de las mujeres, por clase social, edad, identidad, pertenencia, preferencia ideológica, etc.

También hay que reconocer lo que de este lado nos toca:

Que el 8M se vacía con el afán de protagonismo individual en redes sociales. Las anécdotas predominan sobre los análisis explotando aquella idea de que “lo personal es político”. El protagonismo sirve de tapadera a la problematización que conduce a soluciones colectivas y de impacto social para quienes están en mayores desventajas. La hegemonía son las demostraciones de victimización y el chantaje emocional como una consigna fácilmente repetible en redes sociales para ganar seguidores y formar “capital político”. Vivimos en la inmediatez del consumo de la sociedad líquida de Bauman. En dicho contexto, el Feminismo “comer y tirar la envoltura hasta el siguiente 8M” es una estrategia para desarticular los movimientos políticos que son críticos de las estructuras patriarcales. No nos engañemos.

Texto y fotografía: Carmen Contreras*

Directora de Perspectivas de IG y Consultora en Desarrollo Urbano con Perspectiva de Género

@Utopia_Urbana

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