Una ciudad verdaderamente humana comienza cuando vivir cerca de las oportunidades deja de ser un privilegio
Por Federico Cerdas*
Octubre Urbano nos invita a pensar en el futuro de las ciudades, pero también a reconocer una realidad incómoda: para millones de personas, la ciudad se ha convertido en un lugar donde trabajan, estudian y producen, aunque cada vez les resulta más difícil vivir en ella. Cuando una familia debe alejarse dos o tres horas para encontrar una vivienda que pueda pagar, el problema no es solamente inmobiliario. Es económico, social, ambiental y profundamente humano.
Solemos evaluar una ciudad por su infraestructura, sus grandes proyectos o su capacidad para atraer inversión. Sin embargo, su verdadera calidad se mide en la vida cotidiana. Se mide en el tiempo que una madre pierde en el transporte, en la distancia entre una casa y una escuela, en la posibilidad de que una enfermera viva cerca del hospital donde trabaja, o en que un joven pueda independizarse sin destinar la mayor parte de su ingreso a la renta.
Por eso, la vivienda asequible no debe tratarse como un programa asistencial ni como un producto periférico. Es infraestructura social. Así como una ciudad necesita agua, movilidad, energía y espacio público, necesita hogares bien ubicados y conectados con el empleo. Sin ellos, cualquier estrategia de prosperidad queda incompleta.
Después de más de dos décadas desarrollando vivienda, he aprendido que construir edificios es relativamente sencillo frente al reto de construir ciudad. Un proyecto puede ser técnicamente correcto y financieramente viable, pero fracasar en su propósito urbano si expulsa a las personas, ignora su entorno o no responde a los ingresos reales de la población. La pregunta ya no puede ser únicamente cuántas viviendas podemos producir, sino para quiénes, dónde y bajo qué condiciones.
En México contamos con suelo, capacidad constructiva, ahorro institucional y una enorme demanda. Lo que falta es articularlos. El sector público puede facilitar suelo, reglas claras, densidad responsable e infraestructura. Los desarrolladores podemos aportar ejecución, innovación y disciplina de costos. La banca de desarrollo y los inversionistas institucionales —incluidas las Afores y los fondos de largo plazo— pueden ofrecer capital paciente, adecuado a un activo cuyo valor social y económico se construye durante décadas.
Esa colaboración permitiría crear modelos de renta verdaderamente asequible en zonas centrales o bien conectadas, con pagos compatibles con los ingresos de las familias. También permitiría conservar la propiedad del suelo en vehículos de largo plazo, reinvertir los rendimientos y multiplicar la oferta, en lugar de empezar de cero con cada administración. La vivienda dejaría de depender solamente del subsidio anual y se convertiría en una plataforma permanente de bienestar y creación de patrimonio colectivo.
Pero la escala no debe sacrificar la dignidad. Una vivienda asequible necesita luz, ventilación, seguridad, espacio público y acceso a servicios. Necesita diseño. La asequibilidad no puede ser sinónimo de lejanía ni de menor calidad. Al contrario: cuando los recursos son limitados, el diseño y la ubicación importan todavía más.
También debemos cambiar la conversación. Durante años hemos hablado de la vivienda como una mercancía o como una cifra de producción. Una casa es mucho más: es la base desde la cual una familia puede estudiar, trabajar, cuidar a sus hijos y planear el futuro. Es la primera condición para ejercer plenamente el derecho a la ciudad.
El Día Mundial de las Ciudades no debería limitarse a celebrar lo que hemos construido. Debe servir para decidir qué ciudades queremos construir a partir de ahora. Mi convicción es sencilla: la transformación urbana más poderosa de México será aquella que acerque a las personas a las oportunidades y devuelva tiempo a sus vidas.
Si logramos que gobierno, capital institucional, desarrolladores y comunidades trabajen con una visión de veinte o treinta años, la vivienda asequible puede convertirse en uno de los grandes motores de inclusión de nuestra generación. El futuro de las ciudades no comienza en el horizonte de sus edificios. Comienza en la puerta de cada hogar.
*Federico Cerdas
Director general de Skyhaus





