Por Felipe Martínez*
En un país donde más de 24 millones de estudiantes asisten a la escuela cada día, este mes cerca de 230 mil planteles en México se preparan para celebrar el Día del Niño. Desde mi perspectiva, el verdadero valor está en fortalecer los espacios donde aprenden. Porque cada aula, pasillo y patio no solo forma parte de su experiencia educativa, también define un entorno que debe ser seguro, confiable y capaz de acompañar su desarrollo todos los días.
Mi experiencia en monitoreo de salud estructural me ha mostrado que los riesgos más importantes no siempre son evidentes. Una escuela puede parecer en buen estado a simple vista y, aun así, acumular afectaciones por el paso del tiempo, el uso continuo o fenómenos como los sismos. La diferencia entre un incidente y una historia de prevención suele estar en la anticipación.
Hablar del estado de las escuelas no es enfocarse en riesgos, sino en permanencia. Cuando un plantel tiene que cerrar por daños, aunque sean menores, el impacto va mucho más allá del edificio: se interrumpe el aprendizaje, se reorganiza la vida familiar y se generan costos imprevistos. Por eso, mantener las escuelas en operación segura no solo es una prioridad social, es una decisión económicamente inteligente.
La prevención, en este contexto, se vuelve una de las herramientas más poderosas. Invertir en mantenimiento y monitoreo permite detectar a tiempo pequeñas variaciones que, de no atenderse, podrían escalar. Es un enfoque que cambia la lógica tradicional: en lugar de reaccionar ante el problema, se construyen condiciones para evitarlo.
Hoy existen soluciones tecnológicas que hacen esto posible. Los sistemas de monitoreo estructural permanente mediante sensores permiten observar en tiempo real el comportamiento de los edificios: cómo vibran, cómo se desplazan o cómo responden a su entorno. Esta información, bien utilizada, facilita decisiones oportunas y reduce significativamente la incertidumbre.
Sin embargo, la tecnología es solo una parte de la ecuación. Hay tres elementos clave que definen el buen estado de la infraestructura escolar. Primero, la inspección periódica realizada por especialistas, que permita tener diagnósticos claros y actualizados. Segundo, el mantenimiento preventivo como una práctica constante. Y tercero, la gestión inteligente de la información, que permita priorizar intervenciones y optimizar recursos.
Prevención activa
En este contexto, México ya avanza en la dirección correcta. Existe un marco como la Ley General de Protección Civil y regulaciones locales que obligan a contar con certificados de seguridad estructural después de un sismo, lo que ha fortalecido la cultura de prevención.
Sobre esa base, avanzamos en conjunto con la Secretaría de Protección Civil en la implementación de un plan piloto para instalar sensores en alrededor de mil escuelas públicas. Más que un proyecto tecnológico, representa un cambio de enfoque: evolucionar de revisiones periódicas a una vigilancia continua, con un objetivo claro: reducir riesgos, evitar cierres innecesarios y dar mayor certidumbre a las comunidades escolares.
El mantenimiento de la infraestructura educativa también requiere una transformación cultural. Durante años se ha visto como un gasto que puede postergarse, cuando en realidad es una inversión que protege tanto a las personas como a la economía. Una escuela que opera con normalidad permite que madres y padres trabajen, que los estudiantes mantengan su ritmo de aprendizaje y que el sistema educativo funcione sin interrupciones.
México tiene frente a sí una oportunidad relevante. Con el uso de tecnología, la coordinación institucional y una visión preventiva, puede posicionarse como un referente regional en la gestión de infraestructura escolar y con ello, construir confianza a largo plazo.
*Felipe Martínez
CEO de Huella Estructural









