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La Glorieta de las Mujeres que Luchan

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Por Carmen Contreras*

A veces dejamos pasar de lado las implicaciones culturales y sociales del espacio público y nos centramos en lo que vemos y podemos tocar, como en el caso de los monumentos.

Así como el entorno construido es producto de las relaciones sociales, los monumentos adquieren relevancia y significado como producto de las disputas, acuerdos y tensiones que encontramos entre grupos de personas con diversos pensamientos.

Por ello, no ha de extrañarnos que la tradicionalmente llamada “Glorieta de Colón” esté en permanente cuestionamiento como significado dentro de procesos históricos, así como de hechos que ya ocurrieron y que solo nos queda reinterpretar bajo la luz de una sociedad diferente a la que “romantizó” el “descubrimiento de América”. Justo el valor patrimonial de ese monumento radica en que nos otorga una fotografía clara de aquellas ideas lejanas.

En el juego de poder y sus tensiones entre grupos sociales, -muy normales en toda sociedad que se encuentra buscando caminos democráticos-, la permanencia de las esculturas que representan una visión hegemónica del pasado no está garantizada por nadie.

Las ciudades cambian junto con sus símbolos a la par de las condiciones políticas en las que se crean. Por eso, a unos metros de la Plaza de la República, hay una estatua de Fidel Velázquez que algún grupo de poder hegemónico en una era del corporativismo priísta decidió poner ahí y que, curiosamente, hoy nadie cuestiona. Con este ejemplo vemos que a veces las estatuas y monumentos quedan sujetos a los grupos con mas poder legítimo, es decir, del que convence, no del que vence. (Usando las ficticias palabras de Miguel de Unamuno contra el régimen franquista en sus inicios).

Los movimientos feministas en la Ciudad de México han tenido sus episodios de convencimiento a través de la modificación de elementos urbanos y monumentos: La estatua de Humboldt con un pañuelo verde a favor de la despenalización del aborto en todo el país, el cambio de nomenclaturas en las calles para visibilizar a las mujeres que contribuyen diariamente al debate político y cultural en todo el mundo o bien las pintas sobre el Hemiciclo a Juárez y la pintura roja en el agua de la fuente de la “Diana Cazadora” en Paseo de la Reforma. Son síntomas visibles de que algo no está funcionando bien en las instituciones públicas de las que depende una política de empoderamiento de las mujeres y de procuración de justicia desde el conocimiento de las diferencias en la igualdad de derechos. Son síntomas de que hay discriminaciones que no han sido resueltas por todos y todas.

También son apropiaciones para vencer las barreras del miedo a ocupar la calle por la violencia, que en su extremo más cruel llega al Feminicidio. Es manifestación del hartazgo de vivir en la “Fobópolis”, la ciudad del miedo a ser atacada, humillada y desconocida por las autoridades. En contra de ese miedo y del dolor que causa, es un acto comprensible llenar muros y vallas con los nombres de mujeres desaparecidas.

Nuestra presencia en las calles de la Ciudad de México siempre ha sido incómoda para el poder, sea eclesiástico, político o patriarcal. Se ha esperado de nosotras una actitud pasiva frente a las discusiones de lo público. Sin embargo, estamos. Hoy las identidades de los movimientos feministas se perfilan a través de tormentas de imágenes que cambian rápidamente para transmitir mensajes. Así es como se le damos significado al espacio y a los monumentos en esta era de comunicación digital.

Ni las autoridades capitalinas que trataron de imponer en la “Glorieta de Colón” una cabeza de mujer “indígena” esculpida por un hombre de clase social acomodada en el poder público, ni las personas que defienden a ultranza los viejos valores de un patrimonio “estático”, han cedido ante la realidad de que a la ciudad la transforman sus actores vivos, entre ellos y ellas, los feminismos.

La toma simbólica de la Glorieta de Colón para llamarla “Glorieta de las Mujeres que Luchan”, así, simple y sin meterse en discusiones académicas sobre el colonialismo, puede representar a cualquiera de nosotras, seamos de pueblos originarios o no, de clase media o baja, trabajadoras formales o informales, jóvenes o adultas mayores, lesbianas o trans.

Lo simple nos habla de lo más esencial que compartimos hoy las mujeres en la Ciudad de México. Todas hemos padecido violencia sexual alguna vez en nuestra vida, llevamos la mayor carga de los cuidados en la pandemia, trabajamos el doble por menos paga. Estas problemáticas comunes le dan legitimidad a la “Antimonumenta” de la hoy “Glorieta de las Mujeres que Luchan”. No es un acto vandálico, porque este se basa en la destrucción sin sentido y 9 de cada 10 mujeres violentadas en la calle sí tiene sentido.

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