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De las Barreras Invisibles a la Construcción del Futuro

En Voz de las Mujeres | Opinión |

Por Lic. Bárbara Lera Castellanos*

Hablar de la mujer mexicana es hablar de historia viva. Es mirar atrás y reconocer el camino de quienes, con fuerza silenciosa y pasos firmes, rompieron muros que antes parecían infranqueables.

Este 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, es una oportunidad no solo para conmemorar, sino para celebrar lo mucho que hemos cambiado desde aquel México de los años setenta, donde el rol femenino apenas comenzaba a visibilizarse fuera del hogar.

En la década de 1970, la sociedad mexicana estaba moldeada por una estructura patriarcal que confinaba a las mujeres al ámbito doméstico.

El modelo posrevolucionario exaltaba la maternidad como destino principal y limitaba otras aspiraciones.

Según el INEGI, solo el 22% de las mujeres participaban en el mercado laboral formal, concentradas en oficios como maestras o enfermeras.

En las universidades, su presencia era rara: menos del 8% de las egresadas de la UNAM provenían de áreas como ingeniería o arquitectura.

La idea de ver a una mujer dirigiendo una obra, diseñando un rascacielos o calculando estructuras era, simplemente, impensable.

Pero los cambios comenzaron a gestarse en medio de luchas sociales y movimientos feministas.

Tras la Marcha del 10 de junio de 1971 y la reforma al Código Civil en 1974 que legalizó el divorcio, surgieron grietas en aquellas barreras invisibles.

Eran los primeros destellos de una transformación que tardaría décadas, pero que nunca más se detendría.

Los años ochenta y noventa fueron un punto de inflexión.

Con la creación del Programa Nacional de la Mujer (1989) y la ratificación de la CEDAW (Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer), las mexicanas comenzaron a ocupar espacios antes impensables.

Las aulas de ingeniería y arquitectura se llenaron de nuevas voces femeninas que traían una visión distinta: más consciente, más integradora, más humana.

En el sector de la construcción, por ejemplo, la presencia femenina pasó de cero en los años setenta a casi una tercera parte hacia el 2000.

Ingenieras como Laura Mier hicieron historia al liderar importantes obras del Metro de la Ciudad de México en los noventa.

Estas pioneras no solo abrieron camino; transformaron la manera de construir, incorporando conceptos de vivienda verde y materiales sustentables, mucho antes de que la sostenibilidad estuviera de moda.

La arquitectura mexicana también vivió una revolución silenciosa.

En los setenta, solo el 4% de quienes ejercían esta profesión eran mujeres; para el 2000, el número superaba el 40%.

Nombres como Tatiana Bilbao, reconocida por proyectos que integran la naturaleza al diseño urbano, simbolizan una nueva manera de pensar el espacio: más consciente del entorno y del bienestar humano.

Otros talentos, como Ana Laura Magaloni, apostaron por la vivienda social sustentable tras el terremoto de 1985, usando materiales locales y soluciones accesibles para familias vulnerables.

En el ámbito de la valuación inmobiliaria, otro bastión masculino en los setenta, la historia no fue distinta.

De no existir mujeres certificadas, se pasó a un 38% en el año 2000, impulsando criterios de evaluación que incorporaban eficiencia energética, impacto ambiental y accesibilidad.

Mujeres como Fernanda Ortiz promovieron el enfoque LEED, reconociendo y premiando proyectos con tecnología solar o aislamiento térmico.

No fueron logros aislados.

Detrás de cada ingeniera, arquitecta, abogada o valuadora había una sociedad que aprendía a mirar distinto.

Las universidades abrieron sus puertas, las empresas comenzaron a creer, y los hogares se llenaron de niñas que soñaban con algo más que un destino impuesto.

Para el 2005, casi la mitad de la matrícula en carreras de ingeniería ya era femenina, y la brecha salarial —que en los años setenta rozaba el 45%— se había reducido a la mitad.

No fue solo un avance en cifras: fue un cambio cultural, ético y simbólico que ha aportado significativamente al Producto Interno Bruto, pero sobre todo, al tejido moral del país.

Hoy, cuando se observa un complejo habitacional ecológico en Nezahualcóyotl o un nuevo sistema de captación pluvial en la CDMX, hay una alta probabilidad de que detrás de esas soluciones haya mujeres liderando, diseñando y soñando.

El futuro urbano y sustentable de México lleva impreso su sello.

Por eso, en esta semana que celebra el Día Internacional de la Mujer, más que felicitarlas, habría que reconocerlas.

Porque las mujeres mexicanas no solo se abrieron paso en un mundo lleno de muros: los transformaron en cimientos de un país más equitativo.

Las mexicanas de los setenta construyeron con esperanza, las de los noventa con innovación, y las de hoy con propósito.

Cada una, en su tiempo, ha colocado su ladrillo en la edificación de un México más justo.

Este 8 de marzo, más que con flores, honremos su legado con compromiso.

Que las historias de Laura, Tatiana, Ana Laura y Fernanda nos inspiren a seguir levantando estructuras —físicas y sociales— donde quepan todas, donde soñar no dependa del género y donde el futuro se construya con manos, mente y corazón equitativos.

Porque el México que soñamos se está construyendo y las mujeres, una vez más, están a la vanguardia de ese cambio.

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Columnista invitado


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