Por Bernardo Farill*
Es impresionante que la Ciudad de México funcione a pesar de no estar planeada: todo opera de forma orgánica, impulsado por la sístole y diástole de la oferta y la demanda, de los orígenes y destinos, y por la voluntad de la gente más trabajadora del mundo.
Pero por más que trabajemos, muchos de nuestros problemas solamente podrán resolverse mediante la planeación: tenemos el peor tráfico del mundo, contaminación ambiental y pérdida de población. Paradójicamente, tenemos un déficit de vivienda asequible, viviendas abandonadas y miles de lotes baldíos.
Ahora, el gobierno de la Ciudad de México está intentando algo que no ha logrado consolidar desde hace décadas, que es generar un plan para los próximos 20 años.
Hay un orden para hacer esto: primero debe hacerse un plan general donde plasmemos las intenciones, la vocación del territorio y los lineamientos bajo los cuales la ciudad debe operar. Este se llama el Plan General de Desarrollo (PGD). Posteriormente se hace un documento menos soñador, donde ya se define el “cómo” vamos a cambiar la CDMX. Este se llama “Programa General de Ordenamiento Territorial” (PGOT). Luego se hacen programas a mayor detalle, pero con menor alcance que son los programas de ordenamiento de cada alcaldía y, finalmente, los programas parciales. En conjunto, es un proceso largo y, probablemente a partir de ahora, vamos a estar planeando la Ciudad de México constantemente. La idea es esa: generar una cultura de planeación.
¿Y en qué vamos? Pues apenas vamos empezando y ya vamos retrasados. Llevamos cinco meses en la consulta pública del primer documento: el PGD 2025-2045. En esta etapa, el Instituto de Planeación (IPDP) escogió el eslogan “¿Cómo sueñas tu ciudad?” justo porque este es el momento adecuado para hacernos este tipo de preguntas, cuidando que el documento rector no se vuelva un catálogo de sueños guajiros.
El IPDP ya hizo pública una propuesta de 400 páginas del Plan para poder opinar sobre ella. Tiene cosas buenas, malas e inexplicables (como hacer “casas de gobierno” en cada alcaldía). Precisamente por eso hay que participar y opinar.
En los últimos dos sexenios, se ha intentado planear la Ciudad de México y el proceso no ha pasado de la consulta pública. En ambos casos se subestimó el proceso y a la ciudadanía. Al no tener antecedentes de crear leyes con procesos participativos a esta escala, los gobernantes —incapaces de generar un diálogo— han preferido cancelar todo el proceso antes de ser percibidos como “los malos que se impusieron”.
Estamos hablando de ya tres gobiernos sucesivos, todos con mayoría en el poder legislativo, que no han podido concretar un proceso obligatorio de colaboración con la ciudadanía. El problema de planear la CDMX, claramente, no es de poder, ni es de izquierda o derecha, es de legitimidad y de diálogo. Y no veo que se haya aprendido la lección.
En las últimas semanas el Instituto de Planeación, encabezado por la Dra. Patricia Ramírez, ha organizado decenas de foros y encuentros públicos sobre temas de moda en la agenda urbana: cuidados, diversidad, gentrificación, etcétera. Pero más allá de generar “likes” en sus redes sociales, no sabemos si están escuchando y reescribiendo.
Obviamente, la situación es muy jugosa para no ser explotada por los desinformadores. Entre supuestas organizaciones “vecinales”, influencers y observatorios, el diálogo oscila entre un PGD presentado como antesala del colapso urbano, llamando a su cancelación, y por el otro lado, TikToks y memes describiendo el proceso como “ejemplar”. La posición de querer cancelar todo el proceso argumentando buscar “perfección”, es un acto irresponsable que raya en extorsión, propio de grupos que se benefician con los vacíos legales. Ninguna de esas dos narrativas beneficia a la ciudad.
Hay gente enojada con que el proceso de planeación refleja la orientación del gobierno electo, pero eso es parte natural del sistema democrático. Lo que debemos vigilar es que el proceso sea institucional, que contenga mecanismos de autoevaluación, corrección y mejora. Que, si metemos la pata, podamos corregir el rumbo.
Pongámoslo en perspectiva: en México existen cerca de cien institutos de planeación operando con relativo éxito. Pero la CDMX no ha podido avanzar porque ni la jefa de gobierno, ni los diputados han entendido algo vital: se trata de generar un sistema de planeación, no sólo de redactar un documento.
Necesitamos avanzar en la discusión para poder resolver lo importante: crear empleos, un mejor transporte público, reducir el tráfico, más áreas verdes, combatir el despojo y, sencillamente, crear la ciudad bella y funcional que nos merecemos.
Si participamos más en vez de difundir desinformación, y si el gobierno escucha en vez de imponer, el proceso generará la mejor respuesta posible. Sólo a quienes están cómodos con las cosas como están, les conviene que el proceso se posponga o se cancele.









