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Ciudades y sociedades resilientes

Por Francisco L-Roldan.

¿Qué es eso de la resiliencia?
Por si Ud., amable lector o lectora, es de los que aun no lo tiene muy claro, le diré que la resiliencia es la capacidad que tienen tanto los organismos vivos como los materiales, de adaptarse a tensiones, perturbaciones o adversidades, recuperando su estado original cuando cesa la perturbación a la que se sometieron. No se trata por tanto de resistir, sin más, sino de resistir, para recuperarse, pues es la recuperación la que da sentido a la resiliencia y la que la diferencia de la mera resistencia.

En el caso de las ciudades, la resiliencia consiste en la capacidad que tienen estas de soportar, asimilar, o encajar crisis y catástrofes de todo tipo, ya sean naturales como inundaciones, sequias, terremotos…etc. o artificiales, derivadas de la actividad, o de la voluntad humana, como la contaminación, o el terrorismo reduciendo, en la medida de lo posible los efectos de las mismas, para superarlas y volver a la normalidad, cuanto antes.

Para entendernos, podemos comparar nuestras ciudades con otros organismos complejos, como serían los hormigueros, termiteros o colmenas, en los que interactúan continuamente, en un equilibrio inestable y caótico, miles o millones de seres vivos. Si nuestro termitero o nuestro hormiguero, por continuar con el ejemplo, es pisado por un animal, supondrá una tragedia en la que habrá destrucción y se perderán vidas, pero de la que, muy probablemente, más pronto que tarde, se recuperará. Pero si el valle en el que se encuentra, es anegado por las aguas como consecuencia de una inundación, podemos dar por hecho, que desaparecerá con ellas.

A nuestras ciudades, les pasa lo mismo. Hay crisis que las debilitan, pero de las que se reponen: inundaciones, sequias, hambrunas, epidemias, asedios y conquistas…etc. y otras de las que no consiguen recuperarse: recordemos Pompeya y Herculano, arrasadas por el Vesubio. O las ciudades Mayas, abandonadas y devoradas por la selva, tras esquilmar sus habitantes, los recursos de su entorno. O la mítica Atlántida, tragada por el mar, según la leyenda, en un solo día. Troya, Cartago, las ruinas de Angkor en Camboya, las mucho más recientes de Chernobyl y Fukushima… El mundo está lleno de restos de ciudades, que no fueron capaces de superar las crisis que las destruyeron.

Evidentemente, la capacidad de recuperarse de una crisis que tenga la ciudad, dependerá mucho de la naturaleza y magnitud de esa crisis. Pero no solo de eso. También dependerá en buena medida, de su preparación y capacidad para afrontarla, es decir, de su resiliencia. Y eso es algo que podemos constatar, si comparamos las consecuencias del impacto de tsunamis o terremotos, incluso de menor intensidad, sobre ciudades que no cuentan con un sistema de detección y alerta temprana, o en las que sus construcciones son frágiles y precarias, frente al de aquellas otras que sí lo tienen y cuentan con códigos y normativas sismo resistentes aplicadas a la construcción de sus edificios. Y lo mismo podemos decir en caso de incendio, cuando existe y se aplica una normativa, código o reglamento, de prevención y protección contra estos, frente a las ciudades que no cuentan con ella y cuyas construcciones y estructuras, además de frágiles, tienen como base materiales inflamables, como la madera.

Y es que una cosa es segura: tarde o temprano, la ciudad sufrirá una crisis.
En realidad, no una. Las crisis se suceden unas a otras, desde la noche de los tiempos. Muchas de ellas, antiguamente, se consideraban inevitables. Eran consecuencia del castigo o el capricho de los dioses. Hoy, sabemos que eso no es así. Sabemos que muchas se pueden prevenir y que podemos reducir sus efectos, simplemente, preparándonos para afrontarlas.

Es como si viviéramos en medio de un bosque que conocemos bien. Sabemos, porque llevamos décadas elaborando estadísticas al respecto, que como media, se produce en nuestro bosque un incendio… supongamos… cada diez años. Es por tanto razonable, esperar al menos un incendio, en un periodo de diez años. Lo que no sabemos es cuando se producirá ni que dimensión alcanzará. ¿Será pequeño, lo detectaremos a tiempo y lo podremos apagar rápidamente? ¿o se verá favorecido por una larga sequia previa y una meteorología adversa (fuertes vientos), que favorecerán su rápida propagación y será por tanto enorme, incontrolable y devastador?… Es eso lo que ignoramos: cuando aparecerá y la magnitud que alcanzará. No que el incendio se va a producir, porque eso sí que lo sabemos, con la seguridad que nos da la experiencia y el rigor que nos proporciona la estadística: Tarde o temprano, acabará ocurriendo.

Es por tanto razonable esperarlo. Y es prudente y sensato, prepararse para afrontarlo. Esperarlo, en las mejores condiciones posibles, para poder, de ese modo, minimizar su impacto y favorecer una rápida y completa recuperación. De eso trata la resiliencia urbana.

Social, medioambiental y económicamente, es rentable invertir en resiliencia. Muy rentable, tal y como afirma el Banco Mundial que estima que por cada euro invertido en resiliencia, como media, se ahorran siete en respuesta de emergencia, una vez que la crisis se ha producido. Por eso también, la conferencia internacional Habitat III, celebrada este año pasado en Quito, marcaba como uno de los objetivos de su agenda, promover el desarrollo y mejora de la resiliencia urbana.

Pero… ¿Cómo afrontan las sociedades que se toman en serio los riesgos y amenazas que, cual espada de Damocles, penden sobre sus urbes? ¿Cómo son y cómo se protegen, las ciudades más resilientes de nuestro planeta?

Por supuesto, elaborando escenarios de riesgos y planes de contingencia para afrontarlos, clasificando los riesgos y amenazas, en función de su probabilidad e intensidad, previendo y equipando, depósitos y almacenes de reserva, teniendo prevista también, una red de edificios públicos (polideportivos, albergues, colegios…etc.) que puedan ser utilizados como comedores y/o alojamientos de emergencia, entrenando, equipando y coordinando adecuadamente, a las unidades de especialistas que, directamente harán frente a la crisis cuando se produzca: cuerpos de policía, bomberos, Cruz Roja, emergencia sanitaria, protección civil, la Unidad Militar de Emergencias (UME) en el caso de España… En definitiva, planificando y potenciando todo lo que podríamos considerar elementos propios de una respuesta rápida.

Pero no se quedan ahí. Las ciudades resilientes, se preparan no solo para enfrentar activa y rápidamente la crisis, sino para hacerlo también de forma pasiva y sostenida en el tiempo. Y lo hacen en un doble sentido: preparando la ciudad y, las más responsables y concienciadas, preparando también a la sociedad, para afrontarla.

En lo referente a la ciudad, un aspecto positivo de la resiliencia urbana, es que está íntimamente relacionada con la sostenibilidad, o sustentabilidad, como la denominan en América. Todo lo sostenible es resiliente y viceversa. Así: la agricultura y huertos urbanos, aprovechando cubiertas, terrazas y parques, la autosuficiencia y eficiencia energética, tendiendo a la producción en cada edificio del agua caliente y electricidad que necesita, media energías renovables (solar, eólica, geotérmica…etc.) la mejora del aislamiento en la envolvente para reducir las pérdidas y con ello la demanda de energía… Todo lo que contribuya a reducir o evitar la dependencia de fuentes exteriores, favorece la resiliencia.

Otro aspecto importante es la gestión que hacemos del agua. En este sentido, favorecer la filtración y el autor riego y, sobretodo, contar con una red de tanques de tormenta, con un fondo permanente de reserva que pueda, en casos normales ser usado para riego y excepcionalmente, potabilizada para su consumo, no solo favorecerá la permeabilidad y drenaje de la ciudad y aprovecha mejor los recursos hídricos disponibles, sino que incrementará la resiliencia de esa urbe, al permitirle contar con una multitud de pequeños depósitos de agua – tanques de tormenta y reserva – distribuidos por toda la ciudad.

La gestión que se haga de los residuos, su reducción, reutilización y reciclaje, es otro aspecto importante relacionado con la resiliencia. Todo lo que suponga alargar la vida útil de bienes y objetos y reducir nuestra huella ecológica, implica también reducir la dependencia de productos y recursos procedentes del exterior.

Así mismo, favorecer la accesibilidad reduciendo la movilidad, mediante políticas que tiendan a incrementar la densidad del tejido urbano y la mezcla de usos, así como, en lo referente a la movilidad, primar las modalidades sostenibles (peatonal, ciclista y el uso del transporte público) frente al uso del auto privado, es también resiliente. Y no lo es tan solo, que también, por la dependencia de combustibles fósiles, que reduciendo el parque automovilístico particular, se conseguiría evitar. Lo es sobre todo porque, independientemente de la naturaleza de la crisis, en la mayoría de los escenarios previsibles, las vías de comunicación que se encuentren en condiciones de ser usadas, deberán estar al servicio de los cuerpos y fuerzas de seguridad, rescate y emergencia: ambulancias, policías, bomberos y equipos de rescate en general. Y en una segunda fase, de los vehículos (camiones y autobuses) que se encarguen del abastecimiento y evacuación, por lo que se debe evitar el riesgo añadido de que queden colapsadas por un tráfico particular que no haría otra cosa que entorpecer los trabajos e incrementar el caos.

Junto a todos estos aspectos íntimamente relacionados con la sostenibilidad económica y ecológica, otro aspecto importante es el del diseño urbano de las redes de todo tipo. El esquema de anillo cerrado y en red con múltiples nodos y pequeñas fuentes de suministro: paneles solares y aerogeneradores, depósitos (hemos visto el caso de los de pluviales)…etc. es mucho mejor que los esquemas abiertos y en árbol con ramificaciones, dependientes de una única fuente: embalse en cabecera, central eléctrica…etc.
Por razones evidentes, mientras el primer caso, permite rutas y fuentes alternativas para llegar y abastecer los lugares de destino, el segundo, conduce inevitablemente al colapso del sistema, creando o multiplicando los problemas de acceso y suministro allí donde más falta hacen.
Con arreglo a estos criterios y reconociendo que aun nos queda mucho por hacer, no podemos negar que las ciudades europeas, en general, no solo son más sostenibles económica y ecológicamente, sino que también, gracias a su estructura urbana y al estilo de vida de sus habitantes, así como a las políticas relacionadas con las sostenibilidad que se están llevando a cabo, también son más resilientes que las americanas o las de otros continente. No en vano, las ciudades europeas, con o sin muralla, han aguantado también, más que las de ningún otro continente, siglos de guerras devastadoras, asedios, saqueos, incendios, hambrunas y epidemias, además de otros desastres.

Ahora bien, ¿son nuestras sociedades tan resilientes, como nuestras ciudades?… Me explico: ¿Hasta qué punto estamos preparados sus actuales habitantes, para enfrentarnos a crisis, encajar reveses y superar adversidades?… Mucho me temo que en este aspecto y salvo honrosas excepciones, no tanto como nuestras ciudades. Reconozcamos que en esta «modernidad líquida», como definía a nuestra época el filósofo, recientemente fallecido, Zygmunt Bauman, valores y virtudes como la voluntad, el coraje, el temple, la austeridad, el espíritu de sacrificio, el compañerismo, la solidaridad y aquellos, en general, que sirven para dar solidez, cohesionar y fortalecer una comunidad, no están de moda.

Quizás una de esas escasas excepciones, sea no tanto la sociedad como las autoridades alemanas, que recomendaron a sus habitantes, en agosto de este año pasado, hacer acopio de agua embotellada (dos litros por persona/día) alimentos no perecederos (arroz, legumbres, conservas, galletas…etc.) medicamentos básicos (analgésicos, antiácidos, anti diarreicos), fuentes de energía (pilas, pequeños generadores, hornillos con combustible, cerillas…etc.) y algo de dinero en efectivo (los cajeros automáticos, pueden dejar de funcionar) para diez días.

Por supuesto, inmediatamente, aparecieron los “conspiranóicos” de turno, anunciando el apocalipsis: “Alemania sabe algo y prepara a sus habitantes para lo peor” Y los de siempre, criticando a la Sra. Merkel por “alarmar innecesariamente a la población”

El gobierno alemán, no les estaba pidiendo a sus ciudadanos que se construyeran un refugio nuclear, ni que se echaran al monte con una escopeta para intentar salvarse de nada. Les estaban pidiendo, tan solo, que sean capaces de resistir en las mejores condiciones posibles, diez días en sus propias casas. El tiempo, según los distintos escenarios de crisis que contemplan, en el que sus técnicos estiman que podrían restablecer cierta normalidad, si la destrucción de infraestructuras, afectara el habitual flujo de suministros.
Y este llamamiento de las autoridades alemanas a su población, no lo han hecho porque sepan que va a ocurrir algo “gordo”, ni tonterías parecidas. Lo hacen, porque saben que, en esos escenarios de posibles crisis para los que se preparan, bastante tendrán sus equipos de rescate y emergencia con hacer frente a la misma, independientemente de su naturaleza, como para tener que aguantar, además, ataques de pánico, histerias colectivas y saqueos más o menos generalizados, por parte de una población, que no estaba preparada para lo que podía ocurrir.

Pues bien. Esa petición tan sensata y «resiliente» aquí, se considera “alarmar a la población” Y como nuestras autoridades no son tan previsoras (ni tan valientes) como las alemanas, prefieren no alarmar a la nuestra. Así que, como siempre, nos acordaremos de santa Bárbara cuando truene y el día que vengan mal dadas, estaremos peor preparados que los “alarmados” alemanes, para hacer frente a lo que sea. Y ¡no lo duden! los mismos que ahora critican a la Sra. Merkel y su gobierno  por “alarmar innecesariamente” a su población, criticarán entonces al gobierno de nuestro país, por su imprevisión y negligencia ante lo que se sabía, podía ocurrir… ¿les suena?

Luego, nos extrañará que los alemanes vayan por delante nuestro en casi todo. ¡Normal!

Francisco L-Roldan. Soy Francisco, o Patxi, como prefieras.  Arquitecto. Licenciado por la Escuela Técnica Superior de Arquitectura del Pais Vasco (U.P.V.) También soy técnico superior en prevención de riesgos laborales y autor de diversos proyectos. La civilización reside en la civitas (ciudad). Cuando la ciudad, cuya esencia es el espacio publico, se degrada, solo queda la barbarie.

Twitter: @FrancoLRoldan