Por Luis Méndez Jaled*
Para evaluar el desempeño reciente y las perspectivas del sector construcción es indispensable partir del contexto. El 2025 representó un año de ajuste para la industria, en el que se consolidó una fase de desaceleración. Las cifras muestran un comportamiento mixto: en noviembre, la actividad industrial del sector registró un crecimiento anual de 3.0%, mientras que la inversión en construcción cayó 1.6% anual en octubre. A ello se sumó una contracción de 8.0% anual en la producción de las empresas constructoras en noviembre, reflejando un entorno operativo todavía complejo.
Este desempeño respondió a una combinación de factores. Por un lado, la menor inversión privada y un entorno de incertidumbre (particularmente en materia arancelaria), limitaron el arranque de nuevos proyectos. Por otro, la conclusión de obras emblemáticas de la administración anterior redujo de manera natural el volumen de actividad, sin que estas fueran sustituidas de inmediato por nuevos proyectos de escala similar.
A este contexto se añadió un deterioro en la confianza de las empresas constructoras a lo largo de 2025. Los indicadores de percepción empresarial se mantuvieron en terreno pesimista, reflejando cautela frente a la evolución de la demanda y la rentabilidad de los proyectos. Esta menor confianza se tradujo en decisiones de inversión más conservadoras y en una ralentización en el inicio de nuevas obras, especialmente en el segmento privado.
Las presiones inflacionarias también jugaron un papel relevante. En diciembre de 2025, la inflación en el sector construcción se ubicó en 3.93% anual, por encima de la inflación general, que fue de 3.69%. Si bien algunos insumos mostraron cierta moderación respecto a los máximos observados en años previos, los costos de materiales clave y de mano de obra permanecieron elevados, afectando márgenes y complicando la planeación financiera de diversos proyectos.
Bajo este panorama, 2026 se perfila como un año crucial para el sector. Si bien la industria proviene de un periodo retador, no se observan señales de un debilitamiento estructural. Las capacidades productivas, el capital humano y la base empresarial se mantienen, lo que permite anticipar un cambio gradual en el ciclo de la construcción.
Las expectativas para 2026 se sustentan en una combinación de factores coyunturales y estructurales. Por un lado, se espera una reactivación paulatina de la inversión estratégica, tanto pública como privada, conforme el entorno macroeconómico muestre mayor estabilidad y se reduzca la incertidumbre. Por otro, los procesos de relocalización continúan abriendo oportunidades, particularmente en regiones con ventajas logísticas y de conectividad, lo que podría traducirse en mayor demanda de obra, insumos, servicios especializados y empleo.
A ello se suman los planes de infraestructura (en especial los proyectos carreteros, ferroviarios y de vivienda), que pueden generar un efecto de arrastre sobre diversas ramas de la industria y fortalecer la competitividad de mediano plazo. Además, eventos de alto impacto económico, como el Mundial, podrían impulsar la actividad en segmentos específicos, concentrándose principalmente en infraestructura urbana y de movilidad, la remodelación de estadios, proyectos hoteleros, comerciales y de servicios, así como obras complementarias en ciudades sede y zonas metropolitanas.
Más allá de su impacto puntual, este tipo de eventos contribuye a mejorar el ánimo empresarial, adelantar decisiones de inversión y fortalecer la planeación de proyectos con beneficios que trascienden el corto plazo. En conjunto, el escenario para 2026 apunta a una recuperación gradual del sector construcción, con riesgos aún presentes, pero con un balance de expectativas claramente más favorable que el observado en los años anteriores.
*Luis Méndez Jaled
Presidente nacional de la Cámara Mexicana de la Industria de la Construcción (CMIC)









