A más de cuatro décadas de su muerte, el legado de Juan O’Gorman sigue vigente por su visión social, funcionalista y artística
Hablar de la arquitectura moderna en México es hablar, inevitablemente, de Juan O’Gorman (1905–1982): arquitecto, pintor y muralista cuya obra cruzó fronteras disciplinares para construir una visión integral del país.
A más de cuatro décadas de su muerte, ocurrida el 18 de enero de 1982, su legado sigue vigente no solo por su potencia estética, sino por la forma en que entendió la arquitectura como una herramienta social, pedagógica y cultural.
O’Gorman no se limitó a diseñar edificios: creó narrativas. Su trabajo puede leerse como un mapa de tensiones entre lo técnico y lo simbólico, entre la modernidad internacional y la búsqueda de una expresión profundamente mexicana. Y, sobre todo, como el retrato de un creador que nunca dejó de preguntarse para qué, para quién y cómo se construye.
Un arquitecto formado entre la técnica y la pintura
Juan O’Gorman nació en Ciudad de México el 6 de julio de 1905, y realizó sus estudios en arquitectura en la entonces Escuela Nacional de Arquitectura, vinculada a la Academia de San Carlos, en un periodo donde el país buscaba reconstruirse culturalmente tras la Revolución.
Desde temprano se interesó por la pintura y el paisaje, pero también por el avance técnico y las vanguardias europeas. Esa combinación —arte y estructura, símbolo e ingeniería— se convertiría en una de sus marcas más reconocibles.
La etapa funcionalista: arquitectura como máquina, pero con sentido social
O’Gorman fue uno de los principales impulsores del funcionalismo en México. Esta corriente priorizaba el uso, la eficiencia y la lógica constructiva por encima del ornamento.
Sin embargo, en su caso, el funcionalismo no se planteó como una simple copia del movimiento moderno europeo: se tradujo a una necesidad concreta del México de su época.
Uno de los momentos clave de esta etapa ocurrió en 1931, cuando por encargo de Diego Rivera, diseñó la Casa Estudio Diego Rivera y Frida Kahlo, un conjunto que hoy se reconoce como una de las primeras construcciones funcionalistas en América Latina.
Más allá de su valor histórico, el proyecto es importante por su radicalidad: volúmenes claros, materiales visibles, soluciones prácticas y una imagen moderna que rompía con las formas tradicionales que dominaban entonces en la vivienda de la capital.
De arquitecto moderno a creador total: el giro hacia lo simbólico
No obstante, uno de los rasgos más fascinantes de O’Gorman es que su trayectoria no fue lineal, es decir que no se quedó ‘encerrado’ en el funcionalismo. Por el contrario: lo cuestionó.
Mientras otros arquitectos del siglo XX se mantuvieron en una sola estética, él transitó hacia un lenguaje más cercano a lo orgánico y lo artístico, integrando referencias históricas, símbolos, materiales del territorio y una visión casi mística de la arquitectura.
Eso lo vuelve un personaje especialmente actual: hoy, cuando se discute la necesidad de construir ciudades más sostenibles, conectadas al entorno y con identidad, su obra se vuelve una conversación abierta.
Obras notables de Juan O’Gorman
Si bien su influencia se extiende a distintos ámbitos del arte y la arquitectura, hay piezas que resumen su capacidad de innovar, proponer y dejar huella.
- Casa Estudio Diego Rivera y Frida Kahlo (1931–1932)
Este conjunto en San Ángel es hoy un referente no solo por su diseño, sino por el papel que jugó en el ecosistema cultural del siglo XX mexicano. Fue un espacio pensado para la creación: casa y taller a la vez, arquitectura como instrumento de trabajo.
- Biblioteca Central de la UNAM (Ciudad Universitaria)
Su obra más emblemática a escala urbana es, sin duda, el edificio de la Biblioteca Central en Ciudad Universitaria, reconocido mundialmente por el mural que cubre sus cuatro fachadas y que se convirtió en una imagen inseparable de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
En este mural monumental, O’Gorman utilizó un sistema de mosaico con piedras de colores, creando una síntesis visual de la historia y la identidad de México, al tiempo que transformó el edificio en una pieza que se ve, se recorre y se interpreta.
- La casa cueva del Pedregal (1948–1952)
Si el O’Gorman funcionalista apostaba por la precisión, el O’Gorman posterior se volcó en la experimentación orgánica. La llamada Casa Cueva —construida entre 1948 y 1952 en el Pedregal de San Ángel— fue una declaración radical: un proyecto donde el paisaje volcánico no era un obstáculo, sino el centro del diseño.
Esta casa se convirtió en una especie de manifiesto personal: arquitectura como naturaleza habitable. Con el tiempo, el inmueble fue vendido y terminó siendo demolido, pero permanece como una referencia clave para entender el rumbo más escultórico, emocional y crítico que tomó su obra.









