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Optar por energías renovables no ensucia nuestro nacionalismo

Por Luis Zambrano

La pandemia está modificando muchas de nuestras percepciones sobre cómo funciona el mundo. Con la Covid-19 estamos comenzando a comprender la complejidad global que hemos construido en los últimos dos siglos.

La deforestación y comercialización de especies silvestres en la provincia China de Wuhan promovió la infección de un virus (SARS-CoV2) al humano, y que se dispersó a los cinco continentes en pocas semanas.

Así, la actual cuarentena en México está conectada con la destrucción del hábitat en un bosque del continente asiático. Con el constante aumento de conexiones globales, surgen nuevas complejidades y respuestas inesperadas.

Una de ellas es la generación de energía, que ha venido cambiando en los últimos 50 años, pues al igual que el Covid-19, las acciones locales están afectando a los habitantes a nivel global. Sabiendo esto, debemos revalorar la posición de México en este entramado de nuevas complejidades globales, uso como ejemplo la generación de energía.

La expropiación petrolera es un gran episodio de orgullo nacional en la historia de México posrevolucionario. El petróleo en manos de nación es uno de los símbolos modernos de nuestro nacionalismo.

El petróleo ha sido la fuente más importante de energía, de exportaciones y de divisas del país, las cuales iban directo las finanzas públicas. Con el petróleo se salda una parte importante del gasto del gobierno y se financian muchos proyectos y obras en el país. Pero el mundo se ha vuelto más complejo y los efectos negativos del petróleo a nivel global ha promovido, desde la década de los setentas, la exploración otras fuentes renovables para cubrir las necesidades energéticas.

En 2013, tras un debate polarizado, se aprobó en el Congreso la Reforma Energética. Esta reforma abrió el sector a la inversión privada nacional y extranjera (en alianza con mexicanos). La discusión la reforma generó al menos dos bandos: aquellos que han trabajado en crear mercados energéticos globales, para complementar la generación y distribución de energía; y aquellos que sostienen que los recursos energéticos (petróleo y electricidad) deben quedar en manos del Estado, sosteniéndose en el nacionalismo petrolero y el esfuerzo que tanto nos costó arrancárselo a extranjeros en los cuarentas.

En paralelo a la Reforma Energética, incluso algunos años antes, se delineó también el proceso de Transición Energética. Esta transición se fue construyendo gracias a los acuerdos internacionales establecidos en las COP para el Cambio Climático, como el Acuerdo de París en la COP 21. También ayudaron las presiones sociales y políticas que han promovido el abandono de las energías que aumentan el CO2 en la atmósfera para sustituirlas con energías limpias. La estructuración de esta Transición Energética estuvo a cargo de una colaboración de la Secretaria de Energía, la Semarnat y Relaciones Exteriores.

Para entender esta transición, vale la pena recordar las fuentes de energía. Primero están las energías sucias, como la basada en quema de carbón; segundo, los combustibles fósiles (el petróleo) quemando gas natural o combustóleo. Ambas fuentes de energía aumentan el CO2 en la atmósfera. Tercero están aquellas que no liberan contaminantes a la atmósfera y que han sido utilizadas durante varias décadas, como las hidroeléctricas y la energía nuclear. Finalmente, las energías renovables, como la eólica, la solar y las geotérmicas (que se consideran renovables, pero dependen de zonas geológicas particulares).

Todas las fuentes sin excepción generan un efecto negativo en el ecosistema en donde se instalan. Pero cada una tiene efectos a diferentes escalas. Por ejemplo, la energía nuclear aumenta dramáticamente la vulnerabilidad a un accidente a toda una región -recordemos Chernóbil en 1986 y Fukushima en 2016-; las hidroeléctricas afectan los ríos – y la biodiversidad – de toda una cuenca; las renovables afectan los ecosistemas donde obtienen los insumos para los paneles y turbinas; y las basadas en quemar combustible (carbón y fósiles) afectan a todo el planeta al generar emisiones de CO2 a la atmósfera y promover el cambio climático. Estas últimas también afectan de manera regional, como la termoeléctrica en Tula que contamina el aire que respiramos más de 20 millones de personas en el Valle de México con PM2.5 y azufre, lo cual nos vuelve más vulnerables al COVID-19, pues existe una relación entre la contaminación del aire y la proporción de muertes por coronavirus.

Hace apenas una década la transición energética se veía muy lejana puesto que la eficiencia de las energías renovables era muy baja, pero ha ido mejorando al grado de que la producción de kilowatt basado en esta forma de generación de energía tiene una huella de carbono entre 20 y 40 veces menor a la basada en la quema de carbón y fósiles. En muy poco tiempo, México ha tenido un gran crecimiento en la producción de energías renovables, llegando a cerca de un tercio de la producción nacional de energía. La producción es cincuenta por ciento más barata comparada con la generación de energías fósiles. La energía renovable se ha producido en empresas privadas, y por su parte CFE ha mantenido el control sobre la transmisión y distribución. Esto sugeriría que México está encarrilado en la Transición Energética, aumentando día a día el porcentaje de electricidad que consumimos en nuestras casas proveniente del sol y viento.

Pero, a pesar de que hay un marco regulatorio de impactos ambientales y sociales, las granjas de energía renovable se han establecido sin análisis sistémicos, con consultas deficientes y escasos retornos a las poblaciones donde se instalan. En general se cubre el trámite requerido en la Ley, pero no su espíritu, que debe ser que todos, empresa, comunidades locales y naturaleza, salgan beneficiados de la interacción. En consecuencia, como muchos proyectos energéticos (petroleros, hidroeléctricos y renovables) el beneficio de esta infraestructura llega a las ciudades, pero no mejoran el bienestar de la población local. Además, conllevan la especulación de terrenos, rompen el tejido social y afectan sus ecosistemas.

Es necesario distinguir las partes y dinámicas de este problema. Para reducir el cambio climático y emisiones a la atmósfera, es indispensable dejar los combustibles fósiles. Para que las energías renovables dejen de ser ventajosa para unos cuantos, se debe de mejorar su implementación local y las condiciones desiguales de negociación entre inversionistas-comunidades. Pero la solución de mejorar el bienestar de estas comunidades no está en volver al monopolio de la generación de electricidad basada en la quema de energía fósil. Las décadas de conflictos sociales en zonas petroleras o la reubicación de comunidades por proyectos hidroeléctricos han sido manejados por los monopolios estatales de energía, sin que esto haya generado un bienestar equitativo.

Las tecnologías que pueden generar energías renovables son simplemente eso: tecnologías. Son el equivalente a los focos sustituyendo a las velas, los trenes que sustituyeron a las carretas o a la imprenta que sustituyó a los escribanos. Surgen por la obsolescencia de las tecnologías basadas en energía fósil, causantes del cambio climático. No debemos de caer en la confusión de considerarla como una tecnología fallida para rescatar la generación de energías fósiles. El orgullo nacional no nos debe de regresar a las velas, las carretas o los escribanos.

Las energías renovables pueden promover prácticas para reducir emisiones. Pero dependerá de la regulación y otros factores institucionales, si su implementación es capaz de mejorar la calidad de vida y bienestar de las comunidades apartadas. En otras palabras, las llamadas prácticas sostenibles no solo requieren de avances tecnológicos, sino de la forma de que estas se implementan.

Si queremos un futuro para este planeta, la tecnología de energía fósil debe de ser reemplazadas lo antes posible. Existen muchas visiones de regular, administrar y promover las formas de energía, que vale la pena seguir discutiendo desde una perspectiva económica y política. De estas discusiones surgirá la posibilidad de las energías renovables ayuden a que el país este transitando hacia la sostenibilidad. Pero es momento de desligar al petróleo del orgullo patrio y verlo como lo que es: una fuente de energía y tecnología que fue fundamental para el desarrollo del país en el siglo XX, pero que está llegando a su fin.

 

*Este escrito originalmente fue publicado en La Jornada Ecológica en su número 231 (julio-agosto)

Luis Zambrano, Investigador del Instituto de Biología de la UNAM
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