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Un hobby que se convirtió en mi pasión

Un hobby que se convirtió en mi pasión

Recuerdo que cuando iba en primaria, mi madre solía pasar muy tarde por mí a la escuela, por lo que siempre buscaba algo que hacer, ya fuera mi tarea, jugar con mis amigos o tomar clases de canto, hasta que conocí el básquetbol.

El baloncesto es el segundo deporte más practicado en México, sólo después del soccer, si uno analiza la ciudad se dará cuenta de la amplia cantidad de canchas que existen. Yo lo considero un deporte muy completo, utilizas el cuerpo entero,  necesitas velocidad, buen bote, buena defensa y buena ofensiva, todo al mismo tiempo.

Desde que tengo 11 años de edad práctico este deporte, el recorrido no ha sido nada fácil, pero con esfuerzo, dedicación y disciplina he ido perfeccionando mi técnica y gracias a eso he podido lograr cosas que jamás imagine como estudiar una maestría.

En nuestro país existe poco apoyo a la mayoría de las disciplinas, a excepción del futbol soccer. Las cosas se vuelven aún más complicadas cuando el deporte lo practica una mujer. Mi equipo y yo hemos padecido esta situación, la universidad le brinda toda su ayuda al conjunto varonil, mientras que nosotras no tenemos un lugar fijo donde entrenar.

En la vida de cualquier deportista los entrenadores son muy importantes, pero siempre habrá uno que marque la diferencia, ese es el caso con mi actual entrenadora. Con ella conocí lo que es el sacrificio, me volví más disciplinada y sobretodo me comprometí al 1000% con el equipo.

La vida de un estudiante deportista no es fácil, para mantener la beca tuve que cambiar las fiestas por entrenamientos, la hora de la comida es el momento en el que salgo de la práctica y voy corriendo a clases, un día de convivencia familiar para mí se traduce en un partido, la noche la ocupó para estudiar o hacer trabajos escolares. Pero todo eso vale la pena con tal de tocar un balón.

Una frase que nos dijo mi entrenadora se me quedó muy grabada: “para ser excelentes jugadoras se necesita sangre, sudor y lágrimas”. Hay días en que es tanta la carga de trabajo que crees que no puedes más, pero con la motivación de buenas compañeras y la sana competencia, se puede lograr dar un plus.

Lo peor que le puede pasar a un deportista es lesionarse, los días de recuperación se hacen eternos. Es inevitable no sentirse mal al ver a tus compañeras jugar mientras tú no puedes moverte, pero siempre es importante asistir a los entrenamientos, ya que para mejorar también se necesita ser observador, es decir, de ver también se aprende.

Uno de los grandes regalos que te da hacer un deporte en conjunto, son las amistades que haces. Tu equipo se convierte en tú segunda familia, a veces pasas más tiempo con el que con tu propia familia. Además te permite conocer personas de otros estados, no siempre el rival es tú enemigo, muchas veces se convierten en extraordinarios amigos.

Conozco personas que han renunciado a sus sueños por enfocarse en el futuro y creo que no es correcto, si realmente nos proponemos hacer algo se puede lograr. Hay personas que viven para trabajar, cuando deberíamos trabajar para ayudarnos a vivir. Vida sólo hay una, no hay que esperar a que pase el tiempo para lamentarse de lo que se dejó de hacer.

Gracias equipo, gracias entrenadores, gracias familia, pero sobre todo gracias básquetbol por hacerme la mujer más feliz del mundo.