Por Carmen Contreras*

Una tiene que entrar en zonas espinosas cuando habla de maternar en las ciudades. Una práctica que se asocia a referencias culturales muy arraigadas como el amor incondicional y el sacrificio de las mujeres por sus hijos e hijas, pocas veces puede ser analizada como un trabajo de cuidados, una ética individual, una responsabilidad comunitaria o como un problema público que debe tener una intervención coordinada entre  instituciones gubernamentales y actores privados.

Esta vez me voy a referir al problema público que representan los embarazos de mujeres jóvenes que viven en zonas urbanas del país.  De acuerdo con la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), la tasa de fecundidad adolescente en el 2021 en México fue de 77 hijos/hijas por cada mil mujeres de 15 a 19 años. Estas mujeres requieren de servicios para cuidar a sus hijos para trabajar o estudiar. Quienes suplen la falta de estos son otras mujeres de su propia familia que ya fueron madres en su juventud. Las abuelas cuidan a la mitad de las niñas y niños de 0 a 6 años a cargo de terceras personas (55%). Solo un 23% de niñas y niños de 0 a 3 años reciben cuidados en guarderías.

La idealización de la maternidad que nos muestra el marketing se centra en mujeres con necesidades básicas resueltas: la vivienda con servicios de calidad y en espacios adecuados para cuidar niños, escuelas y parques cercanos, seguridad y limpieza que realizan ellas u otras mujeres, calles que permiten ser madre en un entorno saludable en lo físico y emocional. Opciones tecnológicas para hacerlo todo en pocas horas, una vida profesional reconocida en salario, un empoderamiento personal otorgado por la escolaridad y relaciones afectivas bien filtradas. Desde esta idealización, se recrea el prejuicio de que el aborto no debería existir “porque siempre hay una salida” para la mujer para que pueda cumplir su “función” de ser madre.

Pero la realidad es otra.

En nuestro país la ausencia de la responsabilidad masculina en los cuidados de sus hijos e hijas no solo se refleja en el número de hogares encabezados por mujeres. También se muestra en los deudores de pensiones alimenticias, la violencia en los hogares y el mandato social que genera altas expectativas de reconocimiento a la maternidad como único proyecto de vida de las jóvenes en un contexto de falta de empleos, oportunidades educativas y presión de sus propios familiares en el medio barrial para cumplir con dicha expectativa.

México tiene la tasa más alta de embarazos de adolescentes en la OCDE. Además, dentro del problema grande hay indicios de otros como la violencia sexual contra niñas. De los embarazos de mujeres jóvenes, suman 9 mil partos al año de niñas menores a 14 años, principalmente en los estados de Coahuila, Chiapas, Tabasco y Guerrero. A este dato se suman otros de preocupación: 46.6% de los hombres que tienen hijos/as con niñas de 10 a 14 años cuentan con edades entre los 20 y 45 años.

La maternidad temprana se relaciona a la vez con un 20% de matrimonios y uniones de mujeres menores de 18 años. Aunque en las zonas urbanas estos matrimonios y uniones son menos frecuentes, es necesario no perder de vista que la edad promedio en el que inician sus relaciones sexuales las mujeres es de 14.6 años, con independencia de tener acceso a información y métodos anticonceptivos.

Como en algún momento escribí, el acceso a información y métodos anticonceptivos que hay en la Ciudad de México no garantiza que las jóvenes puedan negociar con sus parejas su uso. Las relaciones asimétricas entre las y los jóvenes, la necesidad de afecto y reconocimiento, las oportunidades educativas con enfoque de género son elementos que deben abordarse en los modelos de prevención.

De acuerdo a datos proporcionados por el Consejo Nacional de Población (CONAPO) en la presentación de la actual Estrategia Nacional de Prevención del Embarazo Adolescente (21/07/2021), 16% de las adolescentes del país que dejan la escuela por primera vez ha sido por motivo de un embarazo. Pero también hay un 34% de adolescentes que no han tenido un embarazo que dejan la escuela porque consideran que ya no hay que estudiar más allá de la secundaria. Esto no cambiará distribuyendo becas escolares de manera “ciega al género”.

El papel de las ciudades es el encuentro con la idea secular de la vida. Una vida en la que las jóvenes puedan dedicarse a estudiar en una etapa, formar un proyecto para ellas y decidir si desean tener hijos o no con la formación e información suficiente para tomar el mando de su existencia, tanto corporal, como de conciencia sobre sus derechos. ¿Están las ciudades mexicanas cumpliendo esa función?  Yo creo que todavía no.

Texto y fotografía: Carmen Contreras @Utopía_Urbana

*Directora de Perspectiva de IG y Consultora en Desarrollo Urbano con Perspectiva de Género
@Utopia_Urbana

 

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