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Apuntes sobre el capítulo de la serie Abstract dedicado a Bjarke Ingels

Por Ernesto Gadea.

Recientemente el sistema Netflix de TV on demand estrenó una más de sus producciones originales dedicada a temas de cultura contemporánea. Esta vez los documentales reúnen a destacados diseñadores bajo el titulo Abstract. Se podría decir que el antecedente directo es la serie “Chef´s Table”, la cual retrata el mundo de la cocina actual y sus autores. Esta última es el estandarte de las producciones originales de Netflix y su éxito ha sido tal que ya está en su tercera temporada. En Abstract podemos observar de cerca el mundo creativo de personajes involucrados en el diseño de autos, de interiores, gráfico y arquitectura, entre otras profesiones. Estas líneas intentan ordenar las diversas reflexiones que tuve viendo el estimulante capítulo dedicado al arquitecto danés Bjarke Ingels.

Creo que el principal acierto de este documental es justamente la naturaleza provocadora que tiene y en ese sentido cumple con las expectativas de este tipo producciones. Es imposible quedarse apático ante la meteórica carrera de Ingels documentada en video. Lo primero que me vino a la mente, mientras observaba las estupendas imágenes obtenidas por cámaras montadas en drones, es que la obra de Bjarke Ingels tiene un aspecto lúdico innegable y que remite a lugares en donde el esparcimiento es fundamental, al grado de que este tema es muchas veces el leitmotif que da vida a su arquitectura: la forma sigue al juego –por decirlo de algún modo-. Aquí es donde Ingels apela al deseo de habitar una especie de Tierra del Nunca Jamás contemporánea en donde la diversión no tiene fin. Y no hace falta decir que Ingels tiene justamente ese espíritu peterpanescoque se refleja en el capítulo de Abstract. Esta característica de su trabajo, me recuerda cuando un familiar siendo un niño le reclamó a su papá por no llevarlo con más frecuencia al entonces Reino Aventura con la frase “cuando yo sea grande, voy a llevar a mis hijos todos los días”. El deseo de un estado de diversión permanente.

Lo segundo que pienso es que por increíble que pueda parecer, Bjarke Ingels es un arquitecto. Ambos somos arquitectos, me incluyo. Ósea que en teoría nos dedicamos a lo mismo. Sin duda la profesión es amplia y diversa, pero la práctica profesional que lleva a cabo Ingels resulta tan inusual que es difícil pensarla en los términos tradicionales del oficio -lo cual es justamente uno de los objetivos de la serie Abstract-. No me refiero si quiera a imaginarlo anacrónicamente con el carboncillo en la mano dibujando sobre el papel, pero tampoco lo imagino realizando actividades tan comunes como visitas a la tienda de materiales, resolviendo detalles constructivos o negociando con gestores. No hay duda de que es un personaje inusual, el cual encuentra en la singularidad la definición de su propia práctica.

Pienso también que para hacer un documental siempre es tan importante lo que se cuenta como lo que, por tiempo o por conveniencia, se deja fuera. Así por ejemplo, me parece que hay suficientes motivos para pensar que la sombra que planea sobre toda la obra que se produce en BIG (Bjarke Ingels Group), es la de Rem Koolhaas/OMA y sin embargo no se le menciona más que como uno de los seleccionados que antecedieron a Bjarke para diseñar el Serpentine Gallery Pavillion. Así, Koolhaas aparece en el documental en el honorífico papel de Lord Voldemort. Más que no tenga relevancia en la historia, es la ausencia más importante, el número 0, “el que no debe ser nombrado”. Se nos cuenta la historia del pequeño arquitecto estudiando en Barcelona o la anécdota del primer despacho, mientras que se omiten los años que pasó trabajando en OMA, fundamentales para entender la transgresión, las geometrías no ortogonales, los diagramas como herramientas de diseño y la importancia de las publicaciones manifiesto. Todo ello marcó sin duda los primeros años de vida de BIG.

La otra ausencia, el pabellón danés para la Expo Shanghái. A mi juicio, el edificio mejor logrado por Bjarke y el cual sintetiza mucho de lo que predica. Una auténtica lección acerca de cómo responder conceptualmente a distintas interrogantes planteadas en un concurso arquitectónico –el programa expositivo, el retrato de la identidad de un país, el tema general del evento y las restricciones del recinto ferial- y en donde, a mi parecer, mejor se expresa su teoría sobre el Hedonismo sustentable. Dicho por un visitante, el pabellón de Dinamarca era un auténtico oasis dentro del conjunto y era también el sitio más divertido. Y no es casualidad que haya tenido su mejor desempeño en el entorno lúdico de una feria. Es ahí en donde creo que podríamos rastrear la genialidad del arquitecto danés y no en obras que cualquier despacho devoto del parametrismo diseña, como el Serpentine Gallery Pavillion que tanto aparece en el capítulo.

La relación no manifiesta con su mentor me hizo recordar también el libro Delirious New York del mismo Koolhaas, en donde se expresa la influencia que tuvo Coney Island como laboratorio en el desarrollo metropolitano de Manhattan. Un ambiente de atracciones fantásticas que tuvo un impacto significativo en la concepción urbana de Nueva York, en una ciudad en donde el espectáculo tiene un sitio fundamental. De la misma manera, la arquitectura de Ingels representa un paso más adelante en ese proceso, pero además de las atracciones del parque de diversiones, se han mudado geografías completas a la ciudad. Accidentes geográficos -montañas, dunas y acantilados- que, como lo mencioné desde un principio, tampoco niegan la influencia heredada de los parques temáticos estilo Coney Island.

Por otra parte, es curioso como el documental se empeña en mostrar el lado profundamente vanguardista de su arquitectura y al mismo tiempo podemos encontrar referencias hacia el movimiento moderno de principios del siglo XX, sobre todo quizás a Le Corbusier. Sus edificios, están plagados de palabras del vocabulario moderno más elemental, como las azoteas ajardinadas, las promenade architecturale, los espacios a doble altura, rampas y muros cortina. Asimismo, se apoya en la utilización de tipologías modernas deformadas: el bloque multifamiliar con patio al centro, el bloque de vivienda aislado y el rascacielos. Y es ahí donde vuelvo a pensar en Koolhaas como el eslabón perdido, un arquitecto que siempre tiene la modernidad como punto de partida aunque termine por profanarla. En BIG, la tradición moderna es más difícil de rastrear, más si le arrancan -a propósito- unas hojas al libro, pero mirándola detenidamente termina por aparecer. Su proceso personal, aunque esto no lo hace menos vanguardista, coincide con el viaje mítico que llevó a los arquitectos modernos desde Europa hasta América y de ahí a la construcción de un rascacielos en Manhattan. El viaje del héroe versión arquitecto. Así lo hicieron Le Corbusier, Mies y Gropius, aunque a estos, en contraste, la travesía les llevó toda una vida.

Otra cosa que no se puede negar del documental es su carácter inspirador, sello común de los capítulos de Abstract o Chef’s Table. Literalmente dan ganas de correr a la mesa, en este caso la de trabajo, y proyectar una topografía con pista de patinaje en las inmediaciones del metro Tacubaya. En ese sentido, gracias al documental me queda más clara la influencia sugerente que Ingels ha tenido en la arquitectura en la última década. Una huella que incluso puede rastrearse hasta el contexto mexicano, pasando de lo BIG a lo grandote. En un momento del documental Ingels atribuye parte de su éxito a lo barato de sus construcciones, algo que en nuestro contexto resulta risible cuando vemos proyectos como The Mountain. Por lo mismo, las tropicalizaciones terminan muchas veces en copias también risibles de formas a escala, acompañadas de su correspondiente libro manifiesto y conferencias rockeras como marca el guión.

Pienso también que la inspiración que provoca el rápido ascenso de Ingels hasta la cima del Olimpo arquitectónico también actúa como arma de doble filo. Junto con el desgaste de la palabra millennial también nos ha acompañado una larga reflexión acerca de las aspiraciones de las nuevas generaciones de profesionistas. Aquí Bjarke Ingels es a la arquitectura lo que Mark Zuckerberg al mundo del internet. Sus carreras son un recordatorio de que todos podemos tener ese golpe de suerte combinado con genialidad que nos lleve a la realización profesional y económica antes de cumplir los treinta años. Tienen la convicción de que el esfuerzo de los primeros años de vida profesional los hace merecedores a un reconocimiento fulminante. Sin embargo, no todos podemos tener esa suerte porque la lógica de lo singular aplica únicamente para unos cuantos. Afirma Bjarke en el video que Copenhage no sería lo mismo sin los edificios icónicos que han desafiado todas las reglas, pero olvida que el éxito de esa lógica radica en que la mayoria de los arquitectos sean capaces de construir el telón de fondo para esas otras obras que sobresalen y no al revés.

Por otra parte, una de las constantes de los capítulos de Chef’s Table es que se termina mostrando -en la mayoría de los casos- como la tensión entre lo local y lo global se fusionan para crear nuevos platillos mediante la mano del chef en turno. Desde los primeros años en los que coquetearon con las vanguardias moleculares hasta el momento que abren un restaurante en su país de origen, redescubriendo su propia cultura. En cambio, cuando se habla de la arquitectura de BIG, parece que estos matices locales no son del todo claros. En algún momento se hace un esfuerzo narrativo por darle a su arquitectura un toque danés, cuando se relaciona la manzana de vivienda, de patio al centro, con Copenhague o cuando se habla del reto de ser transgresor en una sociedad conservadora, pero termina por no ser del todo convincente. La balanza se inclina hacia lo global. La potencia formal de los proyectos de BIG parece superar cualquier referencia contextual, ya sea Miami, Nueva York o la ciudad de México el escenario. Pensar en las similitudes o en las diferencias entre cocina y arquitectura nos llevaría a una larga discusión, pero es cierto que hay un gran paralelismo cuando se interpreta el significado de la tradición y esta se inserta en el mundo contemporáneo. Para ello, resulta de vital importancia el uso cuidadoso de los ingredientes –materiales- que constituyen un platillo –edificio-, la manera y delicada proporción en la que estos se fusionan, y que a mi parecer es todavía un reto pendiente en la obra de Ingels, quien en ese sentido todavía no le da en su mero Mole Madre de 895 días.

Creo que después de ver el documental me quedo con el “Hedonismo sustentable” como idea. Pienso por ejemplo en la oportunidad que se abre para la ciudad de México con la crisis del agua. Una encrucijada para pensar la ciudad en términos no de cuánto estamos dispuestos a ceder en nuestra calidad de vida para poder resolver la crisis, sino en cómo puede ser la coyuntura hacia una ciudad más disfrutable, como ya lo proponen los proyectos de parques hídricos y regeneración de ríos. En ese mismo sentido se inscribe el proyecto de BIG para proteger el perímetro de Manhattan de las crecidas del nivel del agua, las cuales serán cada vez más frecuentes. Un desarrollo que aparece apenas por unos segundos en pantalla. Ahí se integra una solución preventiva con la creación de muchas áreas verdes y espacios culturales de disfrute para la metrópolis.

Para finalizar, la duda razonable que tengo es si la arquitectura de BIG será capaz de superar lo espectacular, lúdico y anecdótico –término que alguna vez le escuché a Mauricio Rocha- para crear experiencias significativas que vayan más allá de sus propios límites. Una condición que empieza a manifestarse en proyectos en donde hay una expresión material más contundente como en el Museo Marítimo, en donde paradójicamente, y en sus propias palabras, fueron capaces de hacer más porque tuvieron más presupuesto. Este reto se hace más evidente ahora que empieza a tener una producción abrumadora, con obras esparcidas por todas partes del mundo y oficinas en Copenhague y Nueva York, con todo lo que implica para una oficina de arquitectura convertirse en una marca. Con el tiempo, hasta el niño que quería pasar todas las tardes en Reino Aventura lo entendió: hasta lo divertido deja de serlo cuando se vuelve cotidiano.

Ernesto Gadea Lucio. Es Arquitecto egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México, en donde obtuvo diploma al merito por su trabajo de tesis. En el 2007 funda VETA en donde desarrolla distintos proyectos arquitectónicos y de investigación. Fue becario del FONCA dentro del programa Jóvenes Creadores 2007 – 2008 y becario del Programa ALBAN de la Unión Europea para la realización de estudios de posgrado en la Universidad Politécnica de Cataluña en Barcelona.
Ha colaborado con distintos despachos de arquitectura en México y España dentro de los cuales destacan: FREE (Fernando Romero), FRENTE (Juan Pablo Maza), MAS arquitectos (Alejandro Sanchez “Manchez”), arquitectura911sc (Saidee Springall y Jose Castillo) y A2M (Aurelio Monterde y Marga Botet).

Twitter: @chachogadea