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Rescate y restauración de los jaguarcitos de Zacatlán de las Manzanas

Hablemos de Urbanismo |

POR NATALIA RIVERA SCOTT.

Nos tomó siete años regresar y cuando lo hicimos seguían ahí esperándonos.

En el artículo anterior mencioné lo impactante que fue para mí el primer proyecto de restauración integral de un inmueble histórico en el que participé. Zacatlán de las Manzanas tiene una de las grandes joyas que tenemos en México: el ex convento franciscano del S. XVI. Era mi segunda residencia después de los cielos rasos del museo José Luis Bello y González. La intervención del ex convento en el 2009, con una inversión de casi 17 millones de pesos contemplaba el rescate del inmueble y la restauradora y gran amiga Gela Rodríguez y yo estábamos encargadas de restaurar la cenefa decorativa que recorría los muros interiores y que fue pintada por indígenas quienes plasmaron flores de acanto, venaditos, personajes y caracolitos en tonos rojizos.

En el inmueble se recuperaron vigas antiguas, se sustituyeron las que estaban en extremo dañadas, se colocaron soportes en otras, se cambió el piso (dejando vestigios de los niveles originales), se colocaron trampas de humedad, se intervinieron los dos portones principales, se consolidaron y resanaron muros, se restauró el retablo neo clásico y se recuperó la tonalidad original en el interior y exterior. El equipo de obra civil, bajo el mando del maestro Luis, trabajaba a la par de nosotros para que el acercamiento fuera el correcto. Los más de cien metros lineales de cenefa se limpiaban, resanaban y reintegraban mientras la pintura de los muros se iba liberando recuperando formas que alguna vez decoraron el interior de esta chulada de lugar.

El interior estaba marcado por cientos de calas realizadas para identificar y descubrir la pintura mural decorativa existente que había sido cubierta con el paso del tiempo y que había sobrevivido varios incendios. En el fondo, en el presbiterio se observaba una pintura deteriorada, dos óleos secos en pésimo estado de conservación, cuya lectura se veía afectada por manchas y faltantes. Las pocas calas realizadas nos dejaron entrever que había algo debajo. El INAH nos autorizó eliminar la pintura para descubrir lo que sabríamos después, es pintura única en el país, visto que era más antigua y se encontraba en mejor estado de conservación.

Yo había acabado de resanar la cenefa y como me aburre la reintegración cromática me fui a liberar los muros del presbiterio. Utilizando el bisturí, muy despacito y con mucha paciencia fui descubriendo líneas que parecían no tener mucho sentido… pero cuando vi la primera manita con garritas y fui liberando alrededor descubrí el primer jaguar. No podría creer que existiera algo tan bonito. No podía creer que después de 500 años estas pinturas hubieran sobrevivido esperándonos para ser restauradas. No podía creer que tuviera la suerte como restauradora de estar ahí, en el momento indicado.

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Lo que se podía identificar eran tres hermosos jaguares, un pueblito, un río, vegetación, venados, árboles, un personaje sacrificando un animal, otro con arco y flecha, un burrito, conejitos, cruces, símbolos, dos personajes franciscanos, zacates y personajes españoles realizando actividades de la vida cotidiana. El resto parecían manchas sin forma alguna, pero sabíamos que era algo grande. Gela y yo quedamos enamoradas de las escenas descubiertas, en especial de los jaguarcitos.

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En ese momento no se contaban con los recursos económicos para intervenir esos dos muros, mismos que se quedaron parcialmente liberados hasta enero de este año cuando pudimos regresar con un recurso de dos millones que nos permitirían rescatar la pintura que para nosotras significaba tanto. Es chistoso cómo a veces establecemos conexiones emocionales con lo que restauramos. Para mí eran mis jaguarcitos y todos los años que pasaron, en los que no regresé a visitarlos, pensé que ya no estarían ahí. Tengo poca fe en el factor humano en cuanto al cuidado del patrimonio.

Regresamos a un Zacatlán en pleno invierno, convertido ya en Pueblo Mágico, con temperaturas muy bajas, con más frío adentro del ex convento que afuera, con dos cajas de materiales y un equipo de restauradoras dispuestas a realizar en tres meses una restauración de primer mundo.

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Gela y yo formamos un grupo de especialistas para este tan importante trabajo de rescate. Ale Bernal, Monse de la Rosa, Silvia Ochoa (de la escuela de restauración de San Luis) y Azahara Cortés (de la escuela de restauración de Granada). Sabía que la limpieza de la capa pictórica representaría el mayor obstáculo. Realizamos pruebas de limpieza con varios solventes y con geles y no logramos eliminar los restos de cera y óleo que cubrían a los jaguarcitos. Los pigmentos eran muy delicados. La cera estaba impregnada al muro. Recurrí al conservador Richard Wolbers, con quien tomé un curso en octubre del año pasado, quien nos hizo el favor de hacer pruebas de laboratorio de los pigmentos y del óleo. Los resultados nos permitieron elaborar geles especiales que pudieran limpiar los casi 80m2 de pintura. Hicimos pruebas con celulosa bacteriana, que si bien ha sido poco utilizada en esta área, nos permitió eliminar todos los residuos de óleo.

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La lectura había cambiado por completo, pudiendo reconocer imágenes completas en las que interactuaban los personajes de gran formato con los pequeñitos. Rescatamos detalles tan importantes que nos permitieron recuperar lo que hace cinco siglos nuestros antepasados plasmaron en los muros.

La parte más importante de la intervención, la limpieza, duró casi dos meses. Después retiramos resanes fracturados, consolidamos los muros, retiramos algunos y resanamos las lagunas y grietas existentes con mortero de cal y marmolina. Decidí darle prioridad al principio de mínima intervención para evitar alterar de alguna manera las formas y colores. La reintegración cromática se realizó de manera en extremo cuidadosa, recuperando formas para poder entenderlas y que el público pudiera identificarlas y disfrutarlas.

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Cuando te enfrentas a áreas tan grandes, los cambios para el restaurador son difíciles de identificar ya que los ojos se acostumbran a ver deterioro, sin embargo hay un día en el que todo cambia y ese día es mágico. El momento en el que las cinco nos paramos en frente de los muros y vimos lo que teníamos en frente es inexplicable, es emocionante a otros niveles, es un golpe de belleza. Sin olvidar que somos el soldado anónimo, que no creamos lo que estuvo bajo nuestros bisturís, jeringas, espátulas y pinceles, el orgullo del trabajo de restauración nos llenó por completo.

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Hoy tenemos dos imágenes completas: de un lado tenemos a San Francisco señalando un libro rodeado por un árbol y flores, un pueblito con un río, montañas con tres cruces y una ventana aparente en la parte alta, complementado por una escena de la vida cotidiana en la que dos personajes europeos están aparentemente capturando abejitas de los panales que cuelgan de los árboles, los tres jaguares, el sacrificio de un venado, conejitos, un burrito subiendo la colina, zacatitos decorando el fondo en tonos negros y rojos y algunos símbolos. Del otro lado tres franciscanos sosteniendo un libro rodeados por un enrejado tipo granja, San Francisco meditando en una cueva, pajaritos, arbolitos, flores y zacatitos, además de las montañas con las cruces y la ventana aparente. Enmarcando las dos escenas se observan unos arcos y columnas que fueron pintados posteriormente.

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Me gustaría que todo mundo, en especial los mexicanos, sepan lo que Zacatlán tiene y lo especial que es esta pintura, la suerte que tenemos de tenerla y que se le dé la importancia y difusión que merece. Quiero que todos valoren la historia que se recuperó y que se enamoren como yo lo hice de nuestros jaguarcitos.

 

Rest. Natalia Rivera Scott es especialista en pintura sobre tela y madera, egresada del Istituto per l’arte e il restauro Palazzo Spinelli en Florencia, Italia.

@nat_riverascott

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