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La ciudad, la calle y el agua

POR LORETA CASTRO-REGUERA MANCERA

Para la gran mayoría de quienes habitamos en la Ciudad de México es bien conocida la historia de su mítica fundación: en el islote rodeado de agua, donde los antiguos aztecas encontraron un águila parada sobre un nopal devorando una serpiente. Sea esta la verdadera historia atrás de la urbe que ha crecido sobre el agua o no, el hecho es que al conjunto de infraestructuras, espacio público y edificaciones que conforman nuestra ciudad, subyace el suelo líquido propio de un sistema lacustre. Esta condición ha determinado históricamente las transformaciones de la megalópolis en la que hoy residimos más de 20 millones de personas.

La antigua ciudad de los lagos, la Gran Tenochtitlán, no tuvo más remedio que adecuarse a su contexto natural a partir de una cuidadosa lectura del mismo. Los fundadores de la ciudad prehispánica retomaron el sistema de chinampas y canales de sus vecinos xochimilcas e hicieron de él la estructura a partir de la cual se desarrolló esta urbe. Desde aquellos tiempos, los habitantes del centro del lago han mantenido una continua lucha con el agua. A pesar de la nobleza de la red canalera como amortiguadora de inundaciones, éstas siempre han sucedido. A causa de las periódicas crecidas del lago de Texcoco, los Aztecas crearon grandes infraestructuras multifuncionales como los albarradones o diques que funcionaban para separar las aguas dulces de las salobres, las zonas más altas de las más bajas del lago, comunicar tierra firme con las islas y, en ocasiones como es el caso del acueducto de Chapultepec, transportar agua dulce de los manantiales hacia el centro de la ciudad. El conjunto de todas estas construcciones  mantenía un equilibrio entre el medio urbano y el natural.

En caso de que se estén imaginando lo maravillosa que podría ser nuestra ciudad si hubiéramos sabido entender la filosofía de sus antiguos habitantes, les recuerdo que entonces sólo vivían en ella 300,000 personas, cuando el día de hoy somos millones más. Además, sufrimos un importante evento histórico, la conquista, donde todos los habitantes de este país, incluidos los conquistadores, inventamos una nueva manera de coexistir. Para lograrlo, fue necesario transformar casi todos los sistemas para generar nuevas formas de habitar.

A la Ciudad de México le quedan muy pocos vestigios de su pasado lacustre, aunque año con año lo recordamos durante varios días, durante la época de lluvias, cuando flotamos por sus aguas en automóviles en vez de trajineras… La ciudad se ha transformado drásticamente, suponiendo haber ganado la lucha contra el agua y logrando ser resiliente a través de enormes inversiones en infraestructura hidráulica. El día de hoy habitamos en la ciudad de piedra y tierra, aparentemente seca pero vulnerable a las inundaciones urbanas y a los terremotos que causan importantes catástrofes por las condiciones geológicas del suelo (acuoso).

¿Qué significan estas amenazas para nosotros que habitamos esta ciudad?  ¿Acaso somos víctimas de una situación que nos sobrepasa? A la Ciudad de México la construyeron sus habitantes, la transformaron ellos mismos y, por lo tanto, también en ellos, o sea en nosotros, está la posibilidad de hacerla mutar nuevamente. ¿Cómo? Compartiendo responsabilidad, entendiendo que es nuestra casa y por lo tanto, que tenemos derecho y obligación de mantenerla.

La ciudad de los canales y chinampas difícilmente se puede recuperar. Aún así existen formas diferentes de convertir a esta megalópolis en un gran sistema amortiguador de inundaciones. La respuesta no está únicamente en construir enormes tuberías que desalojen al agua de la cuenca, sino en entender el potencial que tiene la red de calles y avenidas de ser una gran esponja capaz de almacenar el líquido y liberarlo paulatinamente: en ocasiones dentro de la misma ciudad y, en caso de que no se requiera, hacia el drenaje.

La calle, como parte del gran sistema de movilidad de la ciudad, es quizá la infraestructura que mayor potencial tiene de funcionar en diversos ámbitos. Es el espacio público por excelencia, sostiene el transporte vehicular y peatonal, motorizado y no motorizado y, a ella subyacen los sistemas de drenaje y agua potable. El gran problema es que en muy pocas ocasiones la entendemos como capaz de albergar todos estos elementos, a pesar de que así suceda. Sin embargo, solamente hace falta un poco de imaginación y apertura para entender lo evidente.

El día de hoy la Ciudad de México está preparada para mutar. Los importantes proyectos urbanos que se han desarrollado en los últimos años demuestran la disposición de la ciudadanía para aceptar el cambio. Una destacada oportunidad para entender la elasticidad y potencial de la calle es la necesaria transformación de la Avenida Chapultepec. Ojo, no como una mega estructura, rígida, que determina un modo de uso con fecha de caducidad (máximo 40 años), que niega la flexibilidad de la calle para regenerar el tejido urbano y bloquea la comunicación entre las colonias aledañas. Más bien entendiendo la capacidad que tiene la superficie, a nivel de piso para generar mejor espacio público, para almacenar temporalmente grandes volúmenes de agua, para potenciar los usos de suelo y generar oportunidades de negocio, para hacer más eficiente la manera en la que se mueve la gente por y a través de ella, y para vincular el tejido urbano y todo un sistema de movilidad tanto peatonal como vehicular.

Entender a la calle como una estructura multifuncional va más allá de volver a la ciudad lacustre. Es necesario tener una visión a largo plazo y comprender la el futuro que se debe generar para La Ciudad de México. Quienes aquí vivimos somos capaces de transformarla nuevamente para hacer de ella un sitio con la posibilidad de albergar las actividades del siglo XXI, XXII, XXIII… Claro, sin olvidar su contexto natural, su historia y todas las estrategias que, a través de los años, se han utilizado para habitarla.

LORETA CASTRO-REGUERA MANCERA es arquitecta por la Facultad de Arquitectura de la UNAM. Tiene una maestría en arquitectura en Suiza y otra en Diseño Urbano en la Harvard Graduate School of Design. Ha desarrollado investigación en diferentes países del mundo con el tema diseño urbano y agua. Actualmente es directora de Taller Capital, un despacho de arquitectura dedicado a la arquitectura y el diseño urbano. Además es coordinadora del Taller Hídrico Urbano de la UNAM donde continuamente se exploran temas de ciudad y agua desde el punto de vista académico.

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