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Usos y abusos en la ciudad

POR ERNESTO BETANCOURT A.

Manejar un automóvil o cualquier vehículo en una ciudad requiere de algunas cuantas reglas simples y de algunas cuantas señales y signos. Entre más sencillas, legibles y claras sean las reglas, mayor certeza y seguridad supone para él o los conductores. Imaginemos una ciudad donde para la señal en amarillo existan distintas gamas de ámbar, o una secuencia diferenciada para cada luz del semáforo según la zona, la calle, o la Delegación, zonas donde lo que indica el verde dependa del tiempo en que dura el rojo, y las indicaciones son de distinto color según el partido que gobierne el sector donde se ubica.

Hoy en día, en la Ciudad de México estamos enfrascados en una discusión acalorada y ruidosa sobre las reglas para conducir -pero el desarrollo urbano de la metrópoli, y da la impresión que como en el ejemplo citado sobre las reglas de tránsito, en lugar de tener un conjunto sencillo, claro y estructurados de ordenamientos nos conducimos a tumbos en un mar de normas, leyes y reglas que se han venido sobreponiendo unas sobre otras, que crean interpretaciones confusas y contradictorias, que únicamente han sobre-regulando el derecho al «uso y usufructo del suelo urbano» . Todo ello además aunado a la escasez de suelo metropolitano, a una creciente demanda demanda espacios y metros cuadrados y a una oferta de capitales inmobiliarios disponibles, esa mezcla de condiciones han venido tensando la cuerda entre inversionistas, vecinos, residentes, gobierno, y ese desencuentro únicamente es caldo de cultivo para el oportunismo político que aprovechan los especuladores partidistas que intentan engrosar su botín político.

El bienestar en las ciudades pasa hoy en día necesariamente por su capacidad de generar recursos internos, las ciudades han pasado de ser solo consumidoras a ser igualmente productoras de riqueza, pero la ciudad es también una gran maquina que requiere grandes inversiones de capital, mantener los activos, un gobierno bien estructurado que sirva de equilibrio entre las demandas del mercado y las demandas de los ciudadanos, mucha información y un adecuado sistema de redistribución de esa riqueza.

Es eso lo que tenemos que discutir y legislar, es la transformación y la evolución de la ciudad en el siglo XXI, lo que nos debe ocupar, y no esas discusiones simplistas y demagógicas sobre usos del suelo, normas 26, 30, 3tantas o mil ( hoy tenemos más de 1200 Leyes, Reglamentos, normas de ordenación particulares y generales que rigen el desarrollo y la construcción del hábitat en el Distrito Federal, y eso sin considerar leyes y ordenanzas federales, estatales y municipales que rigen en la totalidad de la zona metropolitana del valle de México). Hoy estamos en la disyuntiva entre elegir si queremos parecernos a N.Y. o a Detroit, a Caracas o a Bogotá, para ello requerimos un dialogo inteligente, informado y libre de prejuicios “des-partizado» más que des-politizado (pues estaríamos negando el origen etimológico de la polis) que permita equilibrar las voces y las opiniones divergentes o particulares y conformar consensos y no la demagogia usual de políticos trasnochados o de grupos con intereses y agendas que no apuntan a la mejora urbana sino a la especulación particular y sesgada.

Es en las ciudades donde encontramos los mejores complejos hospitalarios, los mejores centros educativos, los mejores museos, bibliotecas, espectáculos y centros de consumo, pero también es cierto que las ciudades pueden ser lugares de hacinamiento, segregación y violencia: vivir en una ciudad es un placer, una aventura, un derecho, y un privilegio, pero también puede ser riesgo, sufrimiento y pesadumbre, un lugar de “problemas masivos e igualmente de masivas oportunidades” (*). Hacer que sea más de la una y menos de lo otro es el objetivo, la posibilidad y la idea de la buena gestión urbana. Y es de eso que quisiéramos hablar y opinar, y sobre todo documentar con datos y cifras, con una opinión que apunte a elevar, sobre todo dignificar el nivel de la discusión y recuperemos el discurso racional sobre la ciudad, secuestrado hoy por oportunistas y despistados. Hay que desterrar de una vez para siempre la narrativa de los usos y costumbres, por otra de leyes y participación racional, abandonar para siempre lo que yo llamo ab-usos y costumbres y dirigir la mirada a la ciudad del siglo XXI, y no los atavismo que forman hoy parte del ADN de planificadores y vecinos cuyo principal componente, -casi único diría yo, es hoy el tan traído y llevado; uso del suelo.

Y de eso hablaremos en la próxima entrega.

* HALL Peter , cities in civilization, Random House, NY. 1998.

ERNESTO BETANCOURT A., estudió la Licenciatura de Arquitectura en la UNAM, así como un Master de Gestión Urbana en la Universidad Iberoamericana y la Universidad Politécnica de Catalunya. Colaboró con Teodoro González de León en obras como el Fondo de Cultura Económica, CNA y la Galería Mexicana del British Museum. En su despacho privado ha realizado proyectos de arquitectura, urbanismo y espacio público para el FCE, Conaculta, SEP, UNAM y el GDF.

Ha colaborado con la Autoridad del Espacio Público del DF y actualmente con la Secretaría de Desarrollo Urbano y Vivienda del DF en el área de Proyectos Estratégicos

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@eba61