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No hay otra como ‘Chilangolandia’

 

Monterrey y el Distrito Federal tienen sus diferencias y similitudes en infraestructura; sería ideal replicar lo mejor de ambas  

 

La infraestructura de cada ciudad es diferente, pero con medios parecidos. Para los capitalinos, o al menos para mí, orgullosa chilanga, el Distrito Federal es la mejor del país; sin embargo, tras visitar otra de las grandes urbes de este México lindo y querido es cuando te das cuenta de que si bien es cierto que la capital es una de las mejores, también hay cuestiones que debemos aprender de otros lugares y viceversa.

Monterrey, una ciudad que añoraba conocer y que en mi primera visita sólo pude entrever el Tecnológico de Monterrey, digno de una foto panorámica porque de fondo está el Cerro de la Silla, y es ejemplo de que la comunidad estudiantil puede convivir con la fauna y la naturaleza, sin olvidar que próximamente será parte de uno de las zonas económicas y urbanas más importantes: el Distrito Tec, que en realidad fue la misión de ese viaje, en esta ocasión pude descubrir un poco más de la ciudad.

De entrada, algo que creo que en cada rincón turístico del país no cambia son los cobros excesivos de los taxis del aeropuerto al hotel y viceversa, como si bajarte de un avión significara que fueras millonario, pero bueno, en el trayecto a San Pedro Garza García, el municipio más rico del país, pasas por vialidades que parecen más complejas que el segundo piso del Periférico capitalino, diferentes avenidas arriba y abajo, salidas en curva, como una montaña rusa, que sin duda para los que viven ahí y las transitan a diario son de gran utilidad.

A lo lejos y en las alturas el Metrorrey, para quienes estamos acostumbrados, corrección, para quienes nos vemos en la necesidad de usarlo a diario y pasar mil y un aventuras en él, obvio es motivo de curiosidad comprobar si en todos los metros se sufre lo mismo, además la vista que se podría apreciar la ciudad harían que valiera la pena, pero tendría que ser después de cumplir mi misión laboral, si es que hubiera chance de ello.

El segundo día de estancia, ya con un poco más de tiempo libre, mi compañera de viaje y yo aprovechamos para una visita rápida a la Macro Plaza y una sesión fotográfica para el recuerdo, así que preguntamos a unos patrulleros cómo llegar en transporte público y su respuesta fue: «Mm pues tienes que tomar el ruta 27 y luego el ruta número tal pero mejor te queda el ruta ‘X’, ¡ah! pero ese no pasa, entonces mejor tomen un taxi, ¡miren ahí está la base!»

Con la “excelente” respuesta del uniformado pensé que el sistema de autobuses es tan complejo allá que ni la propia gente sabe cómo desplazarse y haciéndole caso a los polis abordamos un taxi que según nos cobraría como 20 pesos, ¡aja! pero de banderazo porque el taxímetro parece más un cronómetro que cambia los números a cada milésima de segundo.

Ahí sólo pudimos hacer un recorrido exprés: los jardines con sus masajistas (que no pudimos aprovechar para quitarnos el estrés), el Teatro de la Ciudad, los museos, la Catedral (muy pequeña, por cierto) y hasta su Estela de Luz, que seguramente no les costó tanto como a los capitalinos, y aunque no tenía luz, esa sí era como una «suavicrema» sabor fresa. Por la noche, decidimos ahora sí acudir al paseo Santa Lucía, aunque no sé por qué uno piensa que cuando va a un estado caluroso como Nuevo León no necesita un suéter abrigador y un paraguas, pese a ser temporada de lluvia, y es que ahora sí que parecía turista extranjera, de esas que andan con su short (aunque sin sandalias) paseando por el Zócalo del Distrito Federal.

Suavicrema

En fin, nos dispusimos a recorrer el Parque Fundidora pero más bien las que terminamos “bien fundidoras” fuimos mi compañera y yo porque al bajar del taxi comenzó una mega tormenta que echó a perder mi alaciado y maquillaje; no obstante, no me importó hasta antes de llegar a la taquilla del Paseo Santa Lucía y que dijeran que se detuvieron las operaciones del paseo a causa de la lluvia.

Decepcionadas, esperamos y esperamos, hasta que muchos minutos después arribó una última lancha a la que me acerqué con mi cara de desesperación por lo que el conductor accedió a llevarnos al otro extremo (de la Macro Plaza al Parque Fundidora) y al fin pudimos hacer el recorrido.

Para esa hora, la oscuridad y la lluvia, que no cesaba, no me permitieron disfrutar de la magnitud del Parque y para colmo el Museo del Acero estaba cerrado por un evento, así que caminamos hasta la Mega Rueda de la Fortuna que colocaron por una temporada y pensé: ¡No importa que esté caro el boleto, tal vez desde allá arriba pueda admirar la ciudad! Cómo extrañé a los limpiaparabrisas de cada semáforo del DF porque la cabina en la que iba casi no se veía nada a través de los cristales por las gotas de agua.

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Ya cansadas y hambrientas decidimos regresar al hotel, así que un señor nos explicó cómo volver en metro al menos de nuevo a la Macro Plaza, de donde ya sabíamos regresarnos en taxi, solamente que teníamos que hacer dos transbordos.

Abordamos el famoso Metrorrey que de entrada no tenía taquillas, lo que te evita estar esperando como en el DF a que las señoras terminen de hablar por teléfono para atenderte, y es que en unas máquinas tipo las del Metrobús capitalino, depositabas cuatro pesos para el viaje sencillo u ocho pesos para el doble, y te da una tarjetita para pasar por los torniquetes, ¡sí, un peso más barato en que en “Chilangolandia”!

Debido a que ya era tarde no había tantos locales abiertos, sin embargo, era curioso ver que entre los stands había muchos de inmobiliarias con las distintas ofertas de vivienda de la ciudad, lo cual yo no he visto aquí en la capital del país y me pareció una buena forma de asesorar a los ciudadanos para ejercer sus créditos.

Tampoco había ruido de ambulantes y una vez en los vagones, muy parecidos a los de la ciudad de México, sólo que al final de cada uno había una línea corrida de asientos y acá ponen uno en cada extremo, esperaba ver al vendedor de discos, dulces o algún artículo de novedad que me sirviera de souvenir, pero nada, completa calma para leer, dormir o escuchar música, que difícilmente se puede hacer ya en el DF.

Los vagones también estaban mucho más limpios, en general se parecía más al tren ligero de Buenavista, y en cuanto a la publicidad, tenía hasta anuncios animados en pantallas que seguramente aquí no durarían ni un día sin que los grafitearan o pegaran calcomanías.

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Cuando llegamos a nuestro destino y después de cenar algo, nada típico porque no había puestos callejeros de taquitos o locales de comida regional, sino restaurantes de comida rápida y puestos de hog dogs, nuevamente abordamos un taxi pero la tarifa nocturna no podía faltar, así que un trayecto de 50 pesos superó los 70 pesos.

Al siguiente día, para ir al Aeropuerto fueron 380 pesos, porque supuestamente en la madrugada también cobran más, en avión tras un par de horas llegamos al DF, luego de Metrobús al Metro, y de ahí a la Central del Norte para abordar un autobús que me llevara hasta los límites del Estado de México, donde sería la fiesta por los 80 años de mi abuelito que obviamente no me podía perder, y del centro de San Juan Teotihuacán, todavía una combi para llegar hasta el pueblo, así que utilicé en unas horas la mayor cantidad de transporte posible y pude reafirmar que en la capital del país podemos tener diferentes opciones para desplazarnos a todos lados.

Y aunque me quedé con las ganas de entrar a los museos, entre ellos el Marco, ver el Fundidora de día y visitar el Cerro, tal vez en mi tercera visita a Monterrey ésta ya pueda ser de placer y ahora sí turistear como se debe… y comer cabrito.

 



Egresada de la carrera de Comunicación y Periodismo en la FES Aragón, UNAM. Aunque se especializó en Televisión prefiere estar detrás de una computadora haciendo lo que más le gusta: escribir. Su mayor experiencia como profesionista la obtuvo en Diario de México Edición USA, donde fungió como coordinadora editorial. Siempre perfeccionista y responsable, ahora se desempeña como Editora en Jefe dentro de Centro Urbano.