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El Memento mori, pintura y arquitectura

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Debo confesar que me apasiona la muerte, pero no me refiero a la cruel que te arrebata a un ser querido repentinamente o en la que, despiadada, lo hace poco a poco; tampoco aquella en la que ves saltar a alguien a las vías del metro, y cuya imagen aún permanece en mi mente… 

 

Más bien me atrae una muerte artística, al estilo Posadas, o una muerte bizarra, como la de Damien Hirst, o una más glamurosa, como la de Alexander McQueen; entonces, son los símbolos que la representan lo que me captura, principalmente las calaveras.

 

Es fascinante encontrar a la muerte en las pinturas, sobre todo en las vanitas: la muerte niña, el memento mori, la guadaña, el reloj de arena, el espejo, todos aquellos objetos que la evocan y aguardan el último aliento del sentenciado por el creador.

 

En México tenemos dos museos dedicados a la muerte, uno en Aguascalientes y el otro en Querétaro, yo sólo he podido conocer éste, ubicado en San Juan del Río, que aunque se trata de uno muy pequeño, la historia que ahí encierra, rodeado de tumbas, es fantástica.

 

Está en el panteón de la Santa Veracruz, creación del arquitecto J.G. Perrusquía, de estilo neoclásico; sin embargo, fue restaurado en 1981 y aunque en un principio sería un museo de historia preshipánica, en 1997 terminó como el recinto que alberga a la muerte, en el cual se pueden apreciar ritos funerarios, altares, huesos y fotografías.

 

Por cierto, me sorprende como antes la gente retrataba a sus muertos -y pagaba para que lloraran por ellos-; no obstante esas imágenes no provocan el morbo que genera la portada de un periódico de nota roja, pues en vez de una sensación nauseabunda, el sentimiento es lúgubre o reflexivo.

 

En la arquitectura también la podemos encontrar con las denominadas capillas de huesos, como la Iglesia de San Bernardino alle Ossa, en Milán o Santa Maria della Concezione dei Cappuccini, en Roma, ambas en Italia; así como el Osario de Sedlec, en la República Checa; la Capela dos Ossos, en Évora, Portugal y la Capilla de las Calaveras de Czermna, en Polonia. Todas éstas están decoradas con entre 30,000 y 50,000 cráneos y huesos.

 

Más que una decoración original, lo que se buscó en esos templos fue darles una utilidad a los cientos y cientos de restos que perdieron la perpetuidad de los cementerios aledaños. En México, lo más parecido a esas iglesias son los Tzompantli o hileras de huesos, que datan de 1950 y que podrían servir como paredes a esos inmuebles.

 

No cabe duda que la muerte está presente en todas partes y que es necesaria, si no, basta leer el libro de José Saramago, Las intermitencias de la muerte, para darse cuenta de ello, aunque no por ello deja de ser dolorosa.

 

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Egresada de la carrera de Comunicación y Periodismo en la FES Aragón, UNAM. Aunque se especializó en Televisión prefiere estar detrás de una computadora haciendo lo que más le gusta: escribir. Su mayor experiencia como profesionista la obtuvo en Diario de México Edición USA, donde fungió como coordinadora editorial. Siempre perfeccionista y responsable, ahora se desempeña como Editora en Jefe dentro de Centro Urbano.