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¡Un camino tormentoso!

 

 

Era mi primer viaje a Michoacán y justo a uno de los lugares más lejanos de esa entidad: Lázaro Cárdenas, confieso que nunca me ha gustado viajar más de 7 horas en carro o autobús pero esta vez valía la pena, no sólo porque sería a un nuevo sitio sino porque era la primera vez que salía con mi galán, su familia y… “Manuel” e “Ingrid”.

 

 

Del Distrito Federal a Michoacán son alrededor de 4 horas y de ahí otro tanto para llegar al puerto, no se me hizo pesado porque como siempre, aprovecho para dormir y recuperar las horas que las desveladas por trabajo o placer me pasan factura.

 

El primer día ya se veía nublado, los parientes de él nos indicaron que por las noches había estado lloviendo pero en las mañanas se podía disfrutar el sol, además, para alguien que vive en la capital del país, entre menos calor tenga que soportar en la costa mucho mejor.

 

Sin embargo, el astro rey jamás se digno a salir, y las lluvias comenzaron, como realmente quería disfrutar el mini puente sin preocuparme de nada, decidí aislarme de las noticias, lo cual fue un gran error, pues sin duda hubiera previsto el huracán que, literalmente, se avecinaba.

 

Aunque Lázaro no es un lugar turístico, sino industrial, siempre es bueno conocer rincones nuevos de la República y obviamente no podía dejar de ir a la playa, lo cual resultó un trayecto por las calles que hubiera sido más sencillo realizarlo por lancha; las inundaciones cubrían parte de la carrocería, por fortuna, nos trasladábamos en una camioneta.

 

Cuando al fin llegamos a la zona de restaurantes en Playa Azul, las únicas almas que estaban eran los trabajadores, sacando agua, barriendo y levantando todo lo que las tormentas habían destrozado, aún así me acerqué al mar para tomar unas fotos y aunque sea meter los pies pero cuando la ola los dejó al descubierto, quedaron llenos arena y ramas, una sensación bastante desagradable.

 

El último día, antes de regresar al Distrito Federal decidimos pasar al mercado a comprar algunos alimentos, puedo decir que lo que me encantó de Lázaro es la comida: camarones al coco, callo de hacha, pescados, brochetas y caldo de mariscos; así como las carnitas michoacanas y las enchiladas… todo exquisito!!!

 

Ahora sí, alrededor de las 13:00 horas, era tiempo de emprender el retorno, pero oh sorpresa, antes de ingresar a la carretera un convoy de soldados nos detuvo para informarnos que no había paso; un puente se había caído debido a las condiciones meteorológicas. La solución que nos dieron fue irnos por la vía libre hasta llegar a Apatzingán, en donde podríamos retomar la autopista.

 

Bueno, qué tanto podría ser un tramito -pensé yo- y así comenzó el largo y accidentado camino, pues la fila de autos era enorme y todos circulaban a vuelta de rueda, no tanto por exceso de tráfico, sino por lo peligroso del terreno.

 

Había que rodear el cerro y esquivar deslaves, podías ver pequeños ríos corriendo a un lado de la carretera, cerraba los ojos para descansar, despertaba y el mismo panorama: neblina, agua, lodo, piedras, autos y el exceso de líquido comenzaba a hacer efecto en mi organismo y en el del resto de los tripulantes, o mejor dicho, mi familia política.

 

Por fortuna muchos de los habitantes que salían de la nada ayudaban a abrir el camino, ya fuera con sus manos o las pocas herramientas a su alcance, liberaban el estrecho paso de las rocas y ramas que obstaculizaban el trayecto, eso sí, por una cooperación voluntaria por su esfuerzo. También se veía que el Gobierno ya había liberado algunos tramos con maquinaria pesada.

 

¿Cuánto falta para una gasolinera? Al menos una hora, respondieron los chavos que liberaban el camino, ¡Una hora! Pero si ya llevábamos más de 4 y parecía que no avanzábamos, o más bien así era, pues después de 5 horas al fin logramos salir a la carretera y nos dimos cuenta de que tan sólo estábamos a una hora de distancia de Lázaro.

Eso me hizo valorar la importancia de las carreteras, que si bien no son perfectas y en ocasiones el cobro de casetas resulta bastante elevado para el poco mantenimiento que se les da, son vitales para que agilizar el comercio, el turismo y en general para la población, quienes pueden ahorrarse hasta un día entero de camino.

 

Siguiendo con el mío, en la gasolinera, como era de esperarse, solo se observaban filas y filas de autos cuyos conductores seguramente temieron todo el trayecto que fueran a quedarse a mitad del camino, lo cual hubiera sido una tragedia, tanto para la familia a bordo como para los que circulábamos detrás, porque lo que menos necesitábamos eran más trabas. Creo que hasta me sentía como uno de los personajes de Julio Cortázar en la Autopista del Sur.

 

Y el baño…calculamos que al menos una hora formadas en la fila de mujeres demoraríamos, por lo que preferimos aprovechar el tiempo -ya a esas alturas bastante perdido-, en continuar nuestro camino, la camioneta también tuvo que esperar para recibir su combustible.

 

Algunas otras horas más tarde, a las 23:00 para ser precisos, ya nos encontrábamos comiendo algo en Morelia y estirando un poco las ya entumidas piernas. Por la madrugada, 3:30 del martes, al fin estaba en mi casa, lista para dormir, aunque fuera un poco antes de ir a trabajar.


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Egresada de la carrera de Comunicación y Periodismo en la FES Aragón, UNAM. Aunque se especializó en Televisión prefiere estar detrás de una computadora haciendo lo que más le gusta: escribir. Su mayor experiencia como profesionista la obtuvo en Diario de México Edición USA, donde fungió como coordinadora editorial. Siempre perfeccionista y responsable, ahora se desempeña como Editora en Jefe dentro de Centro Urbano.